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El sonido de los barrios dominicanos (Dedicado a mi barrio Villa Juana)

Cada barrio dominicano tiene un sonido propio, una especie de banda sonora cotidiana que puede parecer ruido para algunos, pero para otros representa hogar, costumbre y vida.

Desde temprano aparecen los motoconchos acelerando, subiéndose por la acera, violando semáforos, los colmados poniendo música, el vendedor ambulante anunciando aguacates o guineos y alguien hablando tan alto que pareciera estar discutiendo (esa soy yo), aunque simplemente esté saludando.

Hay personas que se quejan constantemente de ese ruido que a veces puede ser agotador.

Pero lo curioso es que muchos dominicanos que emigran terminan extrañándolo profundamente cuando viven en ciudades demasiado silenciosas.

El sonido del barrio también cuenta historias.

El pregón, por ejemplo, es casi un patrimonio oral que, aunque ha ido desapareciendo por las construcciones verticales de las urbanizaciones de alta clase social y porque quienes venden son nuestros vecinos haitianos que no vocean, todavía quedan rastros en los mismos barrios, cuyos productos resultan más barato que en el supermercado.

Cada vendedor tiene su tono, su ritmo y hasta su creatividad particular para llamar la atención de los clientes.

Los barrios dominicanos hablan, aunque nadie esté diciendo algo importante.

Xiomarita Pérez Antes podíamos reconocer qué estaba vendiendo alguien sin necesidad de verlo, bastaba escuchar su voz a lo lejos.

Esos pregones terminaban formando parte de la memoria emocional de quienes crecieron escuchándolos diariamente.

También están los sonidos de las tardes dominicanas.

Esas sillas arrastrándose hacia las aceras, los vecinos conversando afuera en una sombrita de una mata de javilla, los niños jugando y la música saliendo de alguna casa, aunque nadie haya pedido un concierto.

El dominicano, en general, no fue criado para vivir completamente aislado.

Existe una relación muy natural con el espacio compartido, con el ruido humano y con la sensación constante de que siempre hay alguien cerca.

Esas cuarterías, en la parte trasera, esas casas divididas en tres piezas (tres familias), con un baño común es un recuerdo, porque solo de entrar y salir del baño la gente se conectaba y era una familia extendida.

Los barrios dominicanos hablan, aunque nadie esté diciendo algo importante.

Hablan con música, con voces, con risas y hasta con discusiones pasajeras que desaparecen tan rápido como empiezan.

Y aunque la modernidad siga transformando nuestras ciudades y nuestras costumbres, todavía quedan lugares donde basta abrir una ventana para entender que el folclore también vive en los sonidos más simples de la vida diaria.

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