A 60 años de 1965, RD exhibe crecimiento y estabilidad, pero la frustración popular alimenta outsiders
La República Dominicana llega a 2026 con una transformación económica sin precedentes, pero la desigualdad y la desconfianza abren paso a liderazgos que prometen castigar a los responsables de los males nacionales.
Cuando comparamos la República Dominicana de 1965 con la nación de 2026, resulta imposible desconocer la transformación alcanzada. Hace seis décadas, el país enfrentaba una guerra civil, una intervención militar extranjera, pobreza generalizada, confrontaciones políticas e instituciones debilitadas. Aunque todavía persisten importantes problemas, negar los avances logrados sería una injusticia histórica.
Durante este período se construyeron escuelas, universidades, hospitales, carreteras, puentes, presas, acueductos, aeropuertos y sistemas de telecomunicaciones. Aumentaron la escolaridad, la esperanza de vida, la cobertura sanitaria, la electrificación y el acceso a la tecnología, mientras disminuyeron el analfabetismo, la mortalidad infantil y numerosas enfermedades prevenibles. También crecieron la agricultura, el turismo, las zonas francas, la construcción, el comercio y los servicios. En el ámbito económico, la República Dominicana se convirtió en un país de ingreso medio alto y en una de las economías más dinámicas de América Latina. Según el Banco Mundial, el ingreso por habitante pasó de alrededor de US$234 en 1965 a US$2,900 en el año 2000 y a aproximadamente US$11,300 en 2023.
La conquista más importante ha sido la estabilidad política, aunque no debemos idealizar nuestra historia. Los primeros años posteriores a 1965 estuvieron marcados por autoritarismo y persecuciones; la alternancia de 1978 y las reformas posteriores a la crisis electoral de 1994 fortalecieron gradualmente la democracia. Desde entonces, el país ha celebrado elecciones periódicas, mantenido gobiernos civiles y realizado transferencias pacíficas del poder, sin volver a sufrir una guerra civil, una dictadura militar o una guerrilla prolongada.
Sin embargo, el crecimiento no ha beneficiado a todos por igual. Muchas familias continúan enfrentando bajos salarios, alto costo de la vida, inseguridad, servicios deficientes y escasas oportunidades. Esa distancia entre el progreso que muestran las estadísticas y las dificultades que experimenta la población alimenta la frustración, la desconfianza y el deseo de encontrar una figura fuerte que prometa castigar a los responsables de los males nacionales. De esa inconformidad surge la búsqueda de un outsider, redentor o “vengador social” que canalice la rabia colectiva mediante discursos desafiantes y soluciones aparentemente sencillas. Las redes sociales fortalecen este fenómeno al convertir problemas complejos en confrontación, espectáculo y frases virales. El descontento es legítimo, pero el país no necesita un liderazgo que divida, sustituya las instituciones por el culto a la personalidad o ponga en riesgo la estabilidad alcanzada. La República Dominicana necesita renovar su liderazgo democrático, combatir la corrupción, elevar los salarios, mejorar la educación y los servicios públicos, proteger a los vulnerables y fortalecer el Estado de derecho.










