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Politica

¿Era inevitable el Brexit?

En un breve ensayo publicado hace casi 40 años, el autor francés Emmanuel Carrère señalaba que la historia contrafactual —relatos imaginativos de lo que podría haber sido— está impulsada por un profundo sentimiento de intolerancia hacia lo inevitable.

Para muchos en el siglo XIX, por ejemplo, resultaba sencillamente intolerable que Napoleón fuera derrotado en Waterloo y exiliado a Santa Elena.

Hay que rebelarse contra la idea de que no pudiera haber sido de otra manera, afirmaba Carrère.

El argumento de Carrère cobra nueva relevancia ahora que se cumple el décimo aniversario del referéndum sobre el Brexit, cuando una escasa mayoría de votantes del Reino Unido decidió abandonar la Unión Europea.

Para comprender cómo se llegó a ese resultado, debemos remontarnos al menos otra década más atrás, hasta el apogeo de la integración europea.

A partir de 2004, diez países, entre ellos ocho antiguos Estados comunistas, se adhirieron a la UE en lo que supuso la mayor ampliación de la historia del bloque.

El euro había entrado en circulación dos años antes, y el sistema de Schengen (viajes sin visado) había abierto las fronteras que anteriormente separaban a los pueblos y habían alimentado guerras a lo largo de la historia.

Para toda una generación de europeos, estos logros parecían tan naturales que resultaban inevitables.

Fue el punto álgido de la ambición europea.

Pero ahora, en retrospectiva, se puede ver que también fue un momento de peligro.

La crisis financiera de 2008 puso de manifiesto la vulnerabilidad de una moneda común que no estaba respaldada por una unión política y fiscal.

La ampliación hacia el este chocó de frente con la agenda revanchista de Rusia, que quedó plenamente de manifiesto cuando el presidente Vladimir Putin ordenó sus incursiones en Georgia en 2008 y en Ucrania en 2014.

La nueva libertad de circulación puso de relieve unos cambios demográficos que generaban inquietud, una cuestión que llegaría a su punto álgido tras el fracaso de los levantamientos de la Primavera Árabe y la consiguiente crisis de refugiados de 2015.

Este fue el contexto en el que se desarrollaron la campaña y el referéndum sobre el Brexit.

El error de cálculo delprimer ministro británico David Cameron—al creer que un referéndum acabaría con la tendencia euroescéptica de su Partido Conservador— está bien documentado.

Pero las condiciones que lo hicieron posible se habían ido acumulando durante más de una década.

Lo que siguió a la votación del Brexit fue un efecto dominó en el que cada nueva ruptura global parecía impensable hasta que se producía.

Donald Trump fue elegido presidente de Estados Unidos más adelante ese mismo año.

Luego llegó la pandemia de COVID-19 en 2020, seguida de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia a principios de 2022, la masacre perpetrada por Hamás el 7 de octubre de 2023 y la guerra en Gaza, el regreso de Trump a la presidencia de Estados Unidos y la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán.

Cada acontecimiento hacía que el siguiente resultara menos difícil de imaginar.

Aun así, merece la pena reflexionar sobre lo que podría haber ocurrido si los votantes británicos hubieran decidido permanecer en la UE —no por nostalgia, sino para evaluar hasta qué punto algunos de los acontecimientos posteriores pudieron haber sido contingentes y accidentales—.

Sin la demostración por parte de Gran Bretaña de que una gran democracia occidental podía optar voluntariamente por desmantelar el orden de posguerra, la rival de Trump en 2016, Hillary Clinton, bien podría haber tenido más posibilidades.

Y de haber ganado ella, muchas cosas habrían sido diferentes.

Por ejemplo, es obvio que una administración Clinton habría gestionado la pandemia de una manera más predecible y basada en datos contrastados.

Y Putin, privado del espectáculo de un Occidente que se autodestruye, podría haberse visto disuadido de ordenar su invasión a gran escala.

Pero se trata de meras suposiciones que nunca podrán confirmarse.

Tampoco refutan el argumento de la inevitabilidad.

El mismo enfoque contrafactual permite argumentar que los acontecimientos trascendentales de la última década habrían ocurrido incluso si el Reino Unido se hubiera quedado en Europa.

Al fin y al cabo, la creciente distancia entre Estados Unidos y Europa, al igual que el auge del populismo, no fue causada por el Brexit ni por Trump.

En todo caso, las rupturas de 2016 fueron síntomas.

El colapso del orden internacional liberal refleja fuerzas estructurales, económicas, culturales y generacionales más profundas.

El Brexit pareció producirse de forma repentina, pero podría decirse que se gestó durante mucho tiempo.

Pero, ¿qué nos dice esto sobre el determinismo benevolente que prevalecía en Europa hace una generación? ¿Fue una ilusión pensar que el progreso hacia la democracia liberal, la paz y la cooperación internacional era natural e inevitable, dado que estos nobles ideales encontraron su contrapartida en figuras como Putin y Trump? Es cierto que la historia contrafactual también encaja bien en el manual de estrategias de los autócratas.

Putin justificó su invasión de Ucrania reescribiendo la historia y concluyendo que la nación ucraniana nunca existió.

Del mismo modo, el 6 de enero de 2021, los partidarios de Trump irrumpieron en el Capitolio de Estados Unidos en un intento de reescribir la historia de las elecciones de 2020.

Y en el segundo mandato de Trump, la historia alternativa se ha convertido en un método de gobierno: las falsedades se presentan como hechos, lo escandaloso se normaliza y lo surrealista se convierte en política.

Lejos de ser un acto de rebelión, la historicización contrafactual puede servir al ejercicio del poder puro y duro.

Pero si la historia contrafactual está motivada por una intolerancia hacia lo inevitable, quizá la lección de los últimos diez años sea que debemos recuperar nuestra propia historia.

Somos nosotros quienes hemos renunciado a la rebelión —a nuestra propia capacidad para crear contingencias positivas— y hemos aceptado fatalistamente la desaparición de Occidente.

Podríamos actuar de otra manera.

Fabrizio Tassinari es director ejecutivo fundador de la Escuela de Gobernanza Transnacional del Instituto Universitario Europeo y autor de *The Pursuit of Governance: Nordic Dispatches on a New Middle Way * (Agenda Publishing, 2021).

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