Otra vez usted, putamadre, buscando la entrevista.
Nunca he creído en las conferencias ni en los micrófonos abiertos.
Demasiados de sus colegas manipulan y distorsionan los hechos.
Pero, ante tanta insistencia, supongo que se ha ganado la oportunidad de escucharme.
Así que siéntese, saque su grabadora y preste oído.
Y trate, por una vez en su vida, de no malograr la historia cuando la escriba.
Primero lo primero.
Sabe que me llaman el Gato con Botas.
No, no sonría, carajo.
Y no me refiero al que aparece en los cuentitos ni en los dibujitos, ese que baila flamenco desaforadamente, sino al otro: el de la calle Procuradores.
El de carne y hueso; aunque, si vamos a decir la verdad, más hueso que carne.
El hombre que, a su manera, y a pesar de todo, terminó dejando huella en el mismísimo corazón de la Ciudad Imperial.
No se impaciente muchacho; toda historia exige su propio ritmo y tiempo.
Quiere saber cómo terminé en el Cusco.
Ni lo imagina.
La verdad, llegué como cualquier hijo de vecino, pero eso sí, con una mochila bien cargada de experiencias al hombro.
Apenas cumplí la mayoría de edad, que por entonces eran los veintiún años, dejé atrás mi barrio de Santa Cruz, en Miraflores, y me mandé a mudar.
Antes me despedí de la hacedora de mis días, mi madre.
A mi padre no lo conocí; decían que era militar.
Poco importa eso porque nunca me interesó ese señor.
Luego me embarqué como tripulante en un carguero panameño que cruzaba todos los mares y terminé con mis huesos en la gélida Canadá, más exactamente en el puerto de Vancouver.
En esa ciudad costera me tocó chambear en mil oficios: desde los más bajos, como limpiar baños y alcantarillas, hasta los más altos, como pintar torres que casi tocaban el cielo.
También jugué en un equipo de fútbol, porque había pasado por las juveniles del Porvenir Miraflores.
No lo hacía mal e incluso pude haber sido profesional en Canadá, pero una lesión en la rodilla me sacó de la cancha.
De ahí pasé a ser barman en bares de mala muerte.
La paga no era mala, pero una noche se me cruzaron los chicotes: le metí un botellazo en la cabeza a un gringo que alardeaba de que los latinos éramos unos muertos de hambre que veníamos a quitarles el trabajo.
Pobre gringo, quedó medio muerto.
Por ese lío, y antes de pudrirme en una celda canadiense, no me quedó otra que volver a mis pagos peruanos.
Cuando llegué al Cusco, a inicios de los ochenta, la ciudad imperial parecía estar esperándome.
Yo venía dispuesto a hacer historia, le gustara a quien le gustara y le jodiera a quien le jodiera.
Porque yo era el Gato con Botas, ¿me entiende? El primero en marcar territorio fui yo, mentalmente, me apropié de cada rincón de la Plaza de Armas, pero sobre todo de Procuradores.
Esa calle terminó convirtiéndose en mi feudo.
No había personaje más importante que yo.
Todos me respetaban.
Era el rey del pase.
Pero no ese pase de fútbol que jugaba antes; no, este era otro.
Uno fino, calculado, elegante.
El pase que movía la blanca, perico, alita de mosca, nieve, como quieran llamarla.
Y los condenados gringos, agradecidos, pedían más y más.
A veces, cuando no me llegaba la merca, usted me entiende, me la ingeniaba.
Parado en la esquina de Procuradores con Teqsecocha, pronunciando un inglés impecable conseguía mis víctimas; gringos drogos que caían como moscas.
Les hacía probar una pizca de la verdadera.
Pero, en un descuido, mientras les trabajaba al susto susurrándoles: «Parece que viene la policía», cambiaba el envoltorio con un rápido juego de manos, encajándoles a los susodichos antalgina o mejoral molido, que ellos juraban que era lo más puro del mercado.
Luego se iban felices con su paquetito, que apenas les servía para un leve dolor de cabeza.
Otras veces, cuando no tenía ninguna pastilla milagrosa, a los gringos hijueputas les vendía yeso molido que raspaba de las paredes de Qorycalle.
Allá ellos, que se jodan por viciosos.
Después de la venta milagrosa, con los dólares en el bolsillo, me perdía del centro y me recluía en el hostal de siempre, hasta que se me pasara la resaca de los tragos que me empujaba con la plata ganada.
Así fue mi trabajo durante todos estos años.
A veces, los gringos se daban cuenta del cambiazo, me encontraban deambulando por Procuradores, me cerraban el paso…
y sabrá que el resultado era una paliza de la gramputa, de esas que te dejan el cuerpo molido.
¿Qué podía hacer? Estaba predestinado para ese oficio, aunque más de un alma piadosa me advirtió que abandonara esas malas artes, que iba a terminar mal.
Y, la verdad, terminé mal.
Pero eso fue mucho después.
Ahora, supongo que querrá saber por qué me llamaban el Gato con Botas.
No hay nada misterioso en ello; al contrario, la explicación es bastante sencilla.
Los bigotes, la mirada felina y las botas texanas me daban el aire del famoso personaje animado.
Solo me faltaba el sombrero y la espada desenvainada; pero, como no era pistolero ni espadachín, y conste que lo digo en broma, podía prescindir de ambos sin ningún problema.
Entonces, cuando me pasaba de vueltas, es decir, apenas la coca y el alcohol me trastocaban la conciencia, me daba por hacer chasquidos con los dedos y emitir sonidos guturales dirigidos a los que transitaban por Procuradores, como si el mundo entero fuera un escenario improvisado que solo yo podía interpretar.
¿Acaso por esa calle no desfilaron personajes memorables? Shampoo, el mejor tocador de cajón peruano de la Ciudad Imperial, que en paz descanse; Chacha Ontaneda, que aún vive y deja su leyenda peregrinar por los adoquines pétreos de mi calle; el indio Juan, brichero como pocos, que no dejaba escapar a gringa alguna y que partió hace algún tiempo; y tantos otros que todavía deambulan por mi memoria, como fantasmas que nunca se han ido del todo.
Todos me critican.
Me observan como si fuera lo último que hubiera parido el Ombligo del Mundo.
Pero no importa, porque soy el Gato con Botas, el único que viste y calza.
Miren, yo no soy héroe ni villano.
Solo soy un hombre que, por azar o por destino, se quedó anclado aquí, hizo lo que tenía que hacer y sobrevivió, contra todo pronóstico, en esta ciudad de piedra, aplastada por el peso de sus propios muros.
Entonces sucedió lo que jamás había imaginado que me pasara.
La mala vida ya había hecho estragos en este cuerpo, creado para aguantar cualquier mierda, menos la mía.
Primero apareció la gota, esa enfermedad que no me dejaba dar un paso sin cojear.
Después llegó la próstata, obligándome a visitar el baño a cada rato y dejándome bien jodido por las noches.
Y, para rematar, una úlcera en el estómago cuyo dolor me martirizaba sin tregua.
La suma de todas estas bendiciones me dejó casi inválido, como para reírme de mi putísima vida.
Cuando llegó la maldita pandemia yo ya estaba jodido.
Si no fuera por unos amigos solidarios y por unos cuantos billetes que mi familia me mandó, quién sabe dónde habría terminado.
Con eso pude entrar a un albergue de ancianos.
Allí me cuidaron unas monjas.
Para mi suerte, si es que todavía tenía algo de suerte, una de ellas resultó ser pariente lejana.
Lejana, sí, pero sangre al fin.
Me trató como si fuera su hermano.
Igual, mi suerte ya estaba echada.
Los males se pusieron peores cuando la pandemia se acabó.
Y bueno aquí estoy, esperando.
Listo para cuando el de arriba decida.
Así que déjeme tranquilo.
No quiero más preguntas.
No quiero más entrevistas.
Ya me cansé de la fama y de la crítica de tanto pendejo que se cree impoluto.
No me quejo, lo pasé de putamadre.
Nadie me quitará lo bailado, y bien que lo bailé en la Ciudad Imperial.
Y si alguna vez me recuerdan, recuérdenme caminando por Procuradores, de arriba para abajo y de abajo para arriba, con mi vaso de chilcano de pisco, riéndome de la vida y también de mí mismo.
No le hice mal a nadie.
Si acaso, a los viciosos.
Pero ese ya no es mi problema.
Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES copa mundial de la fifa Alex Bueno Tendencias Juan Hubieres.










