¿Hacia dónde voy? Puede ser la pregunta más perturbadora.
Lo es porque no admite respuestas fáciles ni atajos; te frena en seco y te obliga a mirar hacia un lienzo en blanco.
Perturba porque te recuerda que el tiempo sigue corriendo y hay que cargar el peso de definir el rumbo, de elegir el color que queremos darle a nuestra existencia con el terror constante de no saber si va o no a funcionar.
Crecemos creyendo que elegir es un acto de libertad, pero nadie te advierte sobre el costo de decidir.
Las decisiones cuestan porque no hay un boceto previo; vas pintando sobre la marcha.
Elegimos a ciegas, apostando los años, el esfuerzo y el corazón a una paleta de colores que ni siquiera sabemos si va a combinar con nuestro futuro.
Y ahí, frente al lienzo, te da el golpe de realidad: ¿qué haces? ¿Lo dejas todo en la primera apuesta, arriesgándolo todo a un solo trazo, o vas de a pocos, midiendo cada línea con el miedo atrapado en la garganta? Porque en el fondo, la pregunta no es si va a funcionar… es si tendrás el valor de sostener lo que elijas, incluso cuando no lo hagas.
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