La noche del domingo, pandillas atacaron un campamento de desplazados en una iglesia de Kenscoff, Haití, dejando al menos 40 muertos. El hecho subraya la escalada de violencia que mantiene a 1.5 millones de haitianos desplazados y cuestiona la efectividad de la fuerza internacional.
El alcalde de Kenscoff, Massillon Jean, informó que el ataque ocurrió en una iglesia que albergaba a desplazados. «Fue una noche de terror», dijo, y confirmó que hay heridos y secuestrados, mientras las búsquedas continúan para localizar a desaparecidos. Las bandas irrumpieron, ejecutaron a varias personas y dejaron decenas de heridos.
Este episodio refleja el deterioro extremo de la seguridad en Haití, el país más pobre de América, con una crisis política, económica y humanitaria que se agrava. Las pandillas controlan gran parte de Puerto Príncipe y extienden su dominio a zonas como Kenscoff, desafiando a un gobierno que apenas logra expresar su «profunda compasión» por las víctimas.
La comunidad internacional, a través de la ONU, ha respaldado una fuerza de represión que debería contar con 5,500 policías y militares extranjeros, pero su despliegue es incierto y lento. Mientras tanto, la violencia no se limita a la capital: la OIM estima que 1.5 millones de haitianos son desplazados internos, una cifra que podría aumentar.
Para República Dominicana, la crisis haitiana es un tema de seguridad nacional. La diáspora dominicana y los organismos internacionales observan con preocupación cómo el caos en Haití puede generar nuevas olas migratorias y desestabilizar la región del Caribe. La pregunta es si la fuerza internacional llegará a tiempo para evitar más masacres como la de Kenscoff.











