Ahora intentamos visualizar ciertos comportamientos internos que socavan la credibilidad del quehacer político y debilitan progresivamente el sistema democrático.
Las divisiones continúan siendo su principal factor de debilitamiento y, en algunos casos, la causa de la casi desaparición de importantes organizaciones, obligadas a dedicar gran parte de sus esfuerzos a buscar fórmulas que las mantengan unidas, aunque muchas veces sea de manera artificial.
Con ello hicieron colapsar sus posibilidades de construir y sostener una plataforma que pudiera convertirse en una verdadera opción de poder durante la época de mayor apogeo de las corrientes de izquierda en América Latina y el mundo.
Las diferencias entre compañeros terminaron siendo más profundas que las existentes frente a quienes combatían políticamente.
Aunque se trata de una cifra aproximada, retrata con suficiente claridad la profundidad de la fragmentación.
Las múltiples rupturas experimentadas, en diferentes momentos, por el Partido Revolucionario Dominicano y el Partido Reformista, junto con la más reciente del Partido de la Liberación Dominicana, completan una trayectoria que podría llevarnos a considerar la existencia de una verdadera cultura divisionista en la política dominicana.
Del PLD nació la Fuerza del Pueblo, convertida en una de las principales fuerzas de oposición.
El Partido Reformista, después de la desaparición física de Joaquín Balaguer, también sufrió divisiones, fugas y desprendimientos que redujeron considerablemente su influencia electoral.
Lo verdaderamente importante es comprender que este fenómeno se ha convertido en un ente vivo y permanente que corroe desde adentro el sistema de partidos dominicanos.
En algunos casos, el desprendimiento crece y termina sustituyendo al partido del cual surgió.
Sin embargo, cada ruptura deja heridas, resentimientos, militantes desplazados y una mayor pérdida de confianza en la capacidad de los partidos para resolver democráticamente sus contradicciones.
En medio de ese escenario, hacen su aparición el relajo y la malquerencias como supuestas opciones políticas.
Pero la popularidad alcanzada en las redes no constituye necesariamente una demostración de capacidad para dirigir el Estado, comprender sus instituciones o enfrentar los complejos problemas de una nación.
La democracia debe permanecer abierta para todos.
Pero una cosa es garantizar el derecho a participar y otra muy distinta aceptar que la popularidad, el espectáculo, la improvisación o la capacidad de hacer reír puedan sustituir la formación, las propuestas y el compromiso con el país.
Tampoco debemos llegar al extremo de salir corriendo para agarrarnos de cualquier cosa, movidos por la frustración y el desencanto que han provocado los partidos tradicionales.
Pero también deben pronunciarse las academias, las iglesias, los gremios profesionales y las organizaciones civiles y sociales, dando un paso al frente para defender los valores democráticos y patrios, exigir mayor responsabilidad y reclamar un compromiso más serio de los partidos antes de que se produzca el colapso definitivo del sistema.
Requiere formación, dedicación, entrega, visión, vocación de servicio y capacidad para comprender los problemas de una sociedad.
Los grandes referentes históricos fueron, en muchos casos, figuras excepcionales, dotadas de una inteligencia, una preparación y una destreza política fuera de lo común.
La risa puede ayudarnos a comprender la vida, pero no puede sustituir la responsabilidad de gobernar una nación.
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