Muchos países de la Unión Europea, empezando por Alemania, dan por sentado que un mayor gasto en defensa generará automáticamente las capacidades necesarias para garantizar la seguridad de Europa.
Pero si llevan a cabo ese gasto de forma aislada, no harán más que perpetuar el sistema de defensa fragmentado y obsoleto que les ha mantenido dependientes de Estados Unidos durante más de 70 años —y posiblemente incluso generarán nuevos riesgos—.
En materia de defensa, Europa tiene tres problemas principales: tecnología obsoleta, falta de escala y gobernanza ineficaz.
La guerra de Ucrania ha puesto de manifiesto estos tres aspectos.
A medida que Ucrania utiliza tecnologías innovadoras y ágiles para resistir al arsenal convencional de Rusia, mucho mayor, las limitaciones de los sistemas heredados se han vuelto evidentes.
Sin embargo, Europa aún no ha aprovechado plenamente la oportunidad que ha creado la guerra para probar nuevos sistemas de armamento, ampliar la producción de los más eficaces y traducir este esfuerzo en avances hacia la consolidación institucional.
Si continúa la actual fragmentación institucional y de mercado, un mayor gasto en defensa podría resultar políticamente insostenible.
Las investigaciones sugieren que el apoyo popular al rearme es mayor cuando los ciudadanos perciben el gasto adicional como parte de un proyecto de seguridad europeo creíble.
Apoyan el aumento del gasto en defensa, pero solo si este sigue —y no precede— a la consolidación a nivel europeo.
Es probable que el apoyo popular disminuya si los nuevos recursos parecen generar duplicidades ineficientes y evitables entre países, lo que elevaría el coste global de subsanar las carencias de capacidad.
Esto sometería a los gobiernos a una presión cada vez mayor para generar beneficios industriales nacionales lo suficientemente grandes como para justificar un mayor gasto en defensa, lo que puede ir en detrimento de los programas sociales, las medidas climáticas y un gasto público más creíble que fomente el crecimiento.
Sin duda, el aumento del gasto de los países europeos generará arsenales más grandes, por muy ineficientes que sean.
Pero una Europa más fuertemente armada no es necesariamente una Europa más segura.
Mientras los Estados actúen principalmente a través de sistemas de defensa nacionales, Europa seguirá estando estratégicamente expuesta.
Si los países más grandes están gobernados por partidos nacionalistas, aumenta el riesgo de una maniobra imprudente o de un error de cálculo desastroso.
A menudo se invoca la soberanía como justificación para una acción nacional descoordinada en materia de defensa.
Pero se trata de una cortina de humo.
Muchas de las capacidades que más importan para la autonomía estratégica están fuera del alcance incluso de los Estados europeos más grandes.
Los países europeos tienen, por tanto, dos opciones: o bien conservan el control sobre la adquisición de material, pero siguen dependiendo de EE.
UU.
para las capacidades críticas, o bien colaboran con sus socios europeos para desarrollar esas capacidades.
La puesta en común de la demanda, la coordinación de las adquisiciones y la consolidación de la producción podrían reducir la discrecionalidad nacional sobre los contratos individuales, pero aumentarían la capacidad de la UE para defenderse y, por tanto, su soberanía colectiva.
Como hemos defendido en otras ocasiones, solo una auténtica Unión Europea de Defensa puede garantizar la seguridad compartida a largo plazo.
A medio plazo, sin embargo, se puede lograr mucho mediante acuerdos y compromisos políticos que no requieran una intervención a nivel de tratado.
Un primer paso consiste en integrar las inversiones militares en un marco europeo que limite la duplicación y recompense la interoperabilidad y la contratación pública común por parte de un número mayor de socios del que exige actualmente el instrumento de financiación «Security Action for Europe» (SAFE).
(En el marco de SAFE, tan solo dos países pueden participar en una «contratación pública común»).
En este marco, habría que distinguir entre las inversiones que se limitan a mantener las líneas de producción nacionales existentes y aquellas que crean activos europeos compartidos.
Si bien puede resultar más fácil obtener apoyo político para las primeras, las segundas tienen más probabilidades de generar capacidades útiles y reducir los costes unitarios, lo que las hace vitales para la seguridad europea.
Sin un marco a escala de la UE capaz de aprovechar las economías de escala, las capacidades de defensa de Europa seguirán siendo limitadas, independientemente de cuánto se gaste.
Sin embargo, tal y como están las cosas, Alemania parece dispuesta a actuar por su cuenta.
Gracias a la exención permanente de los préstamos relacionados con la defensa respecto a los límites constitucionales de deuda, y a una interpretación favorable de las normas fiscales de la UE, la capacidad de Alemania para invertir en defensa es formidable.
Según nuestros cálculos, cuando el país alcance su objetivo de gasto anual en defensa de 200 000 millones de euros (229 000 millones de dólares) —probablemente hacia 2030—, este representará aproximadamente la mitad del gasto total de la UE en defensa.
Dado este poder de compra asimétrico, la tentación de Alemania de eludir la lenta maquinaria de coordinación europea es fuerte.
El país ya se ha retirado de proyectos conjuntos emblemáticos, como el «Future Combat Air System» con Francia, y se ha apresurado a adquirir soluciones de defensa no europeas ya disponibles en el mercado.
Este enfoque amenaza con fracturar el esfuerzo común de defensa desde dentro.
Como mayor economía de la UE, Alemania se enfrenta ahora a una disyuntiva ya conocida: o bien actúa de forma independiente, o bien asume el papel de una hegemonía benigna.
Si adopta un enfoque unilateral —y, lo que es peor, anima a otros a seguir su ejemplo—, la UE podría seguir dependiendo por completo de EE.
UU.
en lo que respecta a activos clave como las comunicaciones por satélite en órbita terrestre baja, los sistemas de inteligencia y de selección de objetivos, la defensa antiaérea balística, las armas nucleares y las capacidades de transporte estratégico.
Se trata de auténticos bienes públicos europeos, que deben financiarse y proporcionarse a nivel de la UE.
Al igual que la seguridad a largo plazo de Europa, una solución duradera a esta nueva «cuestión alemana» bien podría residir en la Unión Europea de Defensa.
Cuando caía el Muro de Berlín, el canciller alemán Helmut Kohl, el presidente francés François Mitterrand y el presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, lograron afianzar a la Alemania reunificada en Europa mediante la puesta en marcha de la moneda única.
Hoy en día, es una unión de defensa plenamente desarrollada la que debe constituir ese ancla.
Aún no está claro si el canciller Friedrich Merz, el presidente Emmanuel Macron y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, demostrarán la misma visión y voluntad política que sus predecesores.
Pero el tiempo apremia.
El año que viene, las elecciones en varios países de la UE aumentarán la «tasa de descuento política» —la preferencia de los líderes políticos por políticas que reporten beneficios visibles rápidamente— y dificultarán la toma de decisiones audaces, especialmente en materia de defensa.
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