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Los golpes mortales vienen de cerca

Mientras más cerca está un hombre de un gobernante, más razones tiene éste para confiar en él; pero, al mismo tiempo, más posibilidades tiene aquel de proporcionarle un golpe mortal.

Porque la cercanía le permite conocer sus costumbres, sus horarios, sus debilidades y los momentos en que baja la guardia.

El que está cerca entra por la puerta principal, se sienta a la mesa, estrecha la mano, conversa, sonríe.

Y siempre se ha dicho: en la confianza está el peligro.

La historia está llena de esos episodios.

Julio César, el gran dictador romano, cayó bajo los puñales de hombres de su círculo político.

Entre ellos estaba Marco Junio Bruto, su protegido y aliado.

Tanto fue el asombro de Julio César que, en medio del ataque, expresó esta breve frase que ha sobrevivido dos milenios: «¿Tú también, Bruto?».

Sus ojos no podía creer lo que veían.

Muchos siglos después, en Moca, una pequeña ciudad de la República Dominicana, se repetiría de algún modo aquella tragedia de la cercanía.

El 26 de julio de 1899, Ulises Heureaux, Lilís, estaba en Moca.

Había recibido informaciones un tanto precisas sobre la conspiración que se preparaba contra él.

Pero el moreno no les prestó oídos.

De hecho, él tenía una manera particular de entender el valor: jamás quiso que pareciera que tenía miedo.

Aquel día andaba prácticamente solo.

Fue a despedirse de su compadre, el comerciante Jacobo de Lara.

Allí estaban su hijo, Jacobito, que era ahijado del dictador, y Ramón Cáceres, Mon, esperándolo para matarlo.

Cuando Lilís se despidió de su compadre y salió del colmado, Jacobito le disparó el primer tiro, seguido de cinco más de Ramón Cáceres.

No deja de ser una de las ironías más estremecedoras de la historia dominicana: el hombre que había ejercido durante años un poder absoluto encontró la muerte en el entorno de una familia amiga, a manos de jóvenes a quienes conocía y, en el caso de Jacobito, bajo un vínculo que era casi familiar.

Doce años después el presidente Ramón Cáceres, matador de Lilís, cayó asesinado el domingo 19 de noviembre de 1911.

Aquel día Mon se levantó temprano, conversó con su familia, jugó con sus hijos y recibió visitas.

Entre quienes llegaron a su casa estaba Luis Felipe Vidal, uno de los hombres que conspiraban contra él.

Vidal estuvo allí para expresarle su apoyo y afecto.

Incluso se dice que llegaron a jugar un par de manos de billar.

Horas después, Vidal estaría entre los hombres que participarían en el atentado.

No estamos hablando solamente de un conspirador que aguardaba en una emboscada.

Estamos viendo a un hombre que unas horas antes había estado dentro de la casa de su futura víctima, había conversado con él y compartido un momento ameno.

Y después salió de allí para encontrarse con los hombres que esperaban a Cáceres.

A las cinco y media de aquella tarde, cuando el presidente paseaba en su coche, La Victoria, por las inmediaciones de Güibia, los conspiradores salieron a su encuentro.

Luis Tejera encabezaba el grupo.

Entre los participantes estaba Luis Felipe Vidal.

El intento de detener al presidente terminó en una balacera y Cáceres cayó mortalmente herido.

Justo medio siglo después la historia se repitió con el dictador Rafael Leónidas Trujillo.

El Jefe había construido un poder absoluto, formidable, que parecía imposible acercarse a él con malas intenciones.

Sin embargo, la noche del 30 de mayo de 1961 salió hacia San Cristóbal sólo con su chofer, el capitán Zacarías de la Cruz.

Aquello era habitual en él.

Zacarías manejaba los vehículos privados del Jefe y lo acompañaba en sus viajes personales.

A las 9:50 de la noche.

apareció la emboscada.

Los conjurados no eran unos desconocidos.

Eran hombres que habían formado parte del mundo de Trujillo: Antonio de la Maza, Antonio Imbert Barrera, Salvador Estrella Sadhalá, Pedro Livio Cedeño, Amado García Guerrero, Roberto Pastoriza y Huáscar Tejeda.

Lo impensable ocurrió: Trujillo murió.

Fue ajusticiado.

Zacarías de la Cruz quedó gravemente herido y los conjurados lo creyeron muerto.

Y entonces aparece una coincidencia que no deja de impresionar.

Lilís, Mon y Trujillo fueron tres hombres que ejercieron el poder con enorme autoridad y que, en momentos decisivos, se desplazaron con una confianza extraordinaria en su entorno inmediato.

Los tres ignoraron las advertencias y no se hicieron acompañar por una escolta militar adecuada.

Lilís llegó a Moca prácticamente solo; Mon andaba con el cochero y un ayudante, mientras Trujillo emprendió su último viaje solo con el fiel Zacarías de la Cruz.

La política, en cualquier época, produce círculos de confianza.

Alrededor del hombre poderoso aparecen amigos, colaboradores, asistentes, guardaespaldas, socios y compañeros de viaje.

Algunos llegan por convicción o amistad; otros, por interés.

Algunos permanecen mientras el poder permanece.

Otros descubren, con el tiempo, que sus lealtades tienen un precio.

El problema es que el líder no siempre puede distinguirlos con facilidad.

El enemigo que se sienta a la mesa es otra cosa.

César no podía sospechar de Bruto.

Lilís no sospechó de Jacobito.

Cáceres recibió a Vidal.

Trujillo no sospechó de los hermanos Díaz, ni de Miguel Ángel Báez Díaz, ni de Antonio de la Maza ni del teniente Amado García Guerrero, ni de Pupo Román.

Los golpes mortales vienen de cerca, del círculo.

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