“Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Mateo 3:17).
Juan el Bautista vio cómo la gente acudía a él para bautizarse y confesar sus pecados.
Llamaba a los judíos a sumergirse en el río Jordán como expresión de arrepentimiento, anunciaba la cercanía del reino de los cielos y predecía la inminente venida del Mesías, es decir, de Aquel que bautizaría “en Espíritu Santo y fuego”.
Tras creer inapropiado bautizar al inmaculado Cordero de Dios, Juan cedió y lo hizo, ante el argumento del Mesías: “Hazlo así por ahora, pues debemos cumplir con lo que Dios manda”.
Cuando Jesús salió del agua, y mientras oraba, el cielo se abrió y el Espíritu Santo bajaba sobre Él en forma de paloma.
Entonces una voz vino del cielo y dijo: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia”.
Este episodio de Mateo presenta la primera aparición clara de la Trinidad registrada en la Biblia.
El Padre confirma al Hijo como Mediador; el Hijo solemnemente se encarga de la obra, y el Espíritu Santo desciende sobre Él para que, luego, lo comunique al pueblo.
Fuera de Cristo, Dios es fuego consumidor; en Cristo, un Padre benevolente.
(Vea Mateo 3:11,13-17, Marcos 1:9-11 y Lucas 3:21-22).
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