Vivimos en medio de una sociedad que corre el peligro de acostumbrarse a todo.
Poco a poco se normalizan la violencia , la mentira, la corrupción y la falta de respeto.
Lo que antes escandalizaba, hoy muchas veces apenas llama la atención.
La sociedad comienza a enfermarse cuando el corazón deja de conmoverse.
También se normaliza la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, el irrespeto a la dignidad humana y la pérdida de valores fundamentales en la familia y en la convivencia social.
No podemos aceptar como normal aquello que destruye la dignidad humana y apaga los valores del Evangelio.
Jesucristo nunca se acostumbró al sufrimiento del pueblo; por eso sanaba, escuchaba y levantaba a los caídos.
Nosotros también estamos llamados a mantener viva la sensibilidad del alma, para construir la buena sociedad que queremos.
Hasta mañana, si Dios, usted y yo lo queremos.
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