
SANTO DOMINGO, RD. — La política nació para servir al pueblo, no para servir de refugio a quienes temen rendir cuentas. Sin embargo, en la República Dominicana parece haberse convertido en una peligrosa tradición que algunos funcionarios públicos, al acercarse el final de sus responsabilidades en el Gobierno, comiencen una frenética carrera hacia el Congreso Nacional.
La pregunta es inevitable y el pueblo tiene derecho a formularla: ¿Por qué tantos funcionarios quieren ser senadores o diputados?
¿Descubrieron de repente una vocación legislativa? ¿O buscan algo más?
No son pocos los ciudadanos que observan con preocupación cómo importantes funcionarios del Estado, que manejaron presupuestos multimillonarios, tomaron decisiones administrativas trascendentales y ejercieron enormes cuotas de poder, comienzan a aspirar a posiciones congresuales justo cuando concluye su paso por la administración pública.
La coincidencia resulta, cuando menos, inquietante.
El Congreso no puede ser un refugio
El Senado y la Cámara de Diputados son pilares fundamentales de nuestra democracia, pero no pueden convertirse en un refugio político para quienes buscan protegerse del escrutinio público. Una curul congresual no debe ser utilizada como un mecanismo de supervivencia política ni como un instrumento para construir barreras frente a futuras investigaciones sobre actuaciones realizadas durante el ejercicio de la función pública.
La inmunidad parlamentaria fue concebida para proteger la independencia del legislador frente a presiones políticas externas, no para convertirse en un escudo personal al servicio de intereses particulares.
Cuando un funcionario abandona su cargo y, al día siguiente, anuncia sus aspiraciones senatoriales, el pueblo tiene derecho a preguntar: ¿qué lo motiva realmente?
- ¿Su amor por la provincia?
- ¿Su compromiso con la producción legislativa?
- ¿Su deseo de servir desde otra posición?
- ¿O la necesidad de permanecer cerca del poder político?
Un debate de principios, no de nombres
El debate no debe ser sobre nombres particulares, sino sobre principios democráticos. Ningún funcionario público debe temer rendir cuentas por sus actuaciones si estas fueron transparentes y ajustadas a la ley. Por el contrario, quienes han servido correctamente al país deberían ser los primeros interesados en someter su gestión al más estricto escrutinio ciudadano.
La función pública no puede ser una escalera infinita hacia nuevos privilegios políticos.
El pueblo dominicano no eligió un Gobierno para sustituir viejas prácticas por nuevas formas de blindaje político. Eligió un proyecto político que prometió transparencia, institucionalidad y rendición de cuentas.
El desafío del PRM
El PRM tiene ante sí uno de sus mayores desafíos históricos: demostrar que la renovación política no será utilizada como un mecanismo para proteger funcionarios, sino para colocar en las posiciones electivas a los hombres y mujeres más preparados, honestos y comprometidos con el país.
Quien aspire a ser senador debe hacerlo porque posee una visión legislativa para su provincia y para la República Dominicana, no porque necesite una nueva posición política al concluir su paso por el Estado.
Las preguntas que merecen respuesta
La ciudadanía tiene derecho a preguntarles a todos los aspirantes:
- ¿Por qué quiere ser senador?
- ¿Qué ha hecho por su provincia fuera del presupuesto público?
- ¿Qué proyectos legislativos piensa impulsar?
- ¿Estaría dispuesto a ser investigado como cualquier otro ciudadano al concluir sus funciones públicas?
- ¿Puede demostrar que su candidatura no responde a intereses personales o políticos de protección?
Conclusión
Las democracias sólidas se construyen con instituciones fuertes y ciudadanos vigilantes. El poder no puede ser hereditario, permanente ni convertirse en un mecanismo de autoprotección.
Quizás ha llegado el momento de cambiar la pregunta.
La pregunta no es quién quiere ser senador.
La verdadera pregunta es: ¿por qué quiere serlo?
Porque cuando la política deja de ser un instrumento para servir y comienza a utilizarse para protegerse, quien pierde no es un partido político ni un candidato: pierde la democracia.
«El Congreso Nacional debe ser la casa de los mejores representantes del pueblo, no el refugio de quienes temen vivir, después del poder, como cualquier ciudadano dominicano.»
Artículo de opinión y análisis político.








