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Educacion

Una pausa

Hace unos días fui con mi hijo a un cumpleaños en una plaza comercial.

La celebración incluía ver una película.

Luego de cantar el feliz cumpleaños y comer el bizcocho, el grupo ocupó de manera caótica una fila completa de la sala y otros asientos dispersos.

El silencio que se pide para disfrutar una película no era posible allí, y no tenía que ser un requisito.

La mayoría eran niños y niñas, y uno que otro recién llegado a la adolescencia (como mi hijo), que comentaban y reían cada escena.

El ruido de los chicos y chicas y uno que otro foco de luz de los móviles me distraían, pero en algún momento me concentré en la gran pantalla en la que se proyectaba la última historia de la franquicia de Toy Story.

Delante de mí estaba sentado el hijo, quien se encontraba concentrado en lo que veía y yo feliz de que lo estuviera.

En algún momento perdí la concentración y volteó el rostro.

En la fila de asientos detrás de mí, un niño se pone de pie, tomado de la mano con un adulto que supongo es su padre.

Ambos tratan de esquivar las dificultades de pasar por el estrecho pasillo entre las filas de asientos sin molestar.

El rostro del niño no pierde la atención a la pantalla, mientras el padre pide los permisos correspondientes.

– ¡Pongan pausa, por favor! Dice en voz alta el niño, que no debe tener más de seis años, al ver que tiene que salir de la sala para ir al baño.

Quienes lo escuchamos, reaccionamos con carcajadas y risas.

Tengo la oportunidad de escuchar al papá, explicándole que no es posible pausar una película en un cine.

*** Las vacaciones de mi hijo siempre han sido un regalo, aunque lo disimulo.

Más de una vez me he unido a esa “queja memética” de tener que lidiar con los niños en el momento que el año escolar termina y llega la pausa veraniega.

Desde que me convertí en madre, y cuando era empleada asalariada y con horarios que cumplir fuera de casa, siempre pedía mis vacaciones en verano.

Esas casi tres semanas eran solo para estar a la par con mi hijo en el tiempo en que exploraba el mundo sin horarios.

Papeles para pintar con tempera, cuando era más pequeño, salidas a parques, la casa de su abuela en Puerto Plata, la playa, salir un día de semana a alguna parte, a alguna actividad era la agenda, una que no requería tener la comida lista a una hora, ni una pauta de entrada y salida.

Con los años, los veranos han ido cambiando.

Los intereses de los niños cambian mientras crecen, mientras van cambiando la mirada que pone al mundo que los rodea.

Con los cambios veraniegos de mi hijo, he vuelto a recordar los míos, como la niña que fui.

Mis pausas de verano eran diferentes, en una época (al menos en mi caso) en que los padres no luchaban con alejar niños y niñas de tabletas, y en que la supervisión parental se limitaba a que tú hicieras tu agenda o a un ocasional paseo en uno de esos fines de semana.

A los infantes citadinos de mejor suerte, sus vacaciones eran en el campo, con abuelos, tíos, primos o familiares más lejanos del centro de tu linaje.

En mis recuerdos más antiguos me recuerdo entre actividades de una iglesia, algún paseo, incluyendo uno de varias horas a la playa, y tardes inventando cualquier cosa luego de horas y horas de televisión.

Más adelante, cuando vivía con mi abuela, era ir a casa del abuelo (separados desde la niñez de mi madre y sus hermanos).

No vivía en un campo, sino a unos cuantos kilómetros de lejanía, eso sí, más cerca del mar, por lo que los paseos por el malecón de la Avenida España, antes de las discotecas y las bocinas de los carros a alto volumen se convirtieran en el paisaje usual.

Recogíamos almendras, con el plan de hacer un dulce que nunca hicimos, pues terminábamos majando y comiendo las semillas de los frutos en el amplio patio lleno de arboles de mango, aguacate, limón y cocoteros.

*** Desde hace años, parece que todos hacen campamentos, y desde hace un tiempo suelo averiguar de qué se tratan.

Me dan precios, altos; prometen mil actividades bajo supervisión y seguridad.

En los últimos años, los más especializados me dicen que solo reciben hasta una edad que ya mi hijo no tiene.

No sé porque hago esas averiguaciones, pues nunca he terminado de decidirme a inscribir al hijo en uno de esos espacios programados de pausa, que se han hecho tan necesarios para los padres que no tiene otro apoyo que ellos mismos, a los que sus vacaciones no coinciden con sus hijos o no son tan extensas como la de ellos y ellas.

“Tengo que ir a trabajar.

¿Con quién los voy a dejar?”.

Es un hecho sin apelación.

No hay abuelos, ni tíos.

Se toman prestamos, se hacen ajustes y se paga el campamento.

*** Hay que pausar, pero no siempre se puede.

Ni siquiera en vacaciones.

Ni siquiera para ver por unos días con tranquilidad, lo mucho que han crecido los hijos e hijas.

O en caso de los que no son padres, mirar quizás un poco hacia dentro desde un espacio en que se exija cumplir con horarios, entregas.

Aunque posiblemente también la pausa no sea pausa, sino un espacio que cuando se tiene se llena de cosas.

Se busca el ruido en el carro con bocinas y música alta en la orilla de un malecón donde ya nadie recoge almendras, ruido de fondo desde la televisión encendida; los maratones de series pendientes, un dedo índice que se desliza constantemente por una pantalla; un libro que se hojea… ¿Hay que irse lejos para pausar en tranquilidad? Sobre mi mesa hay un jarrón con agua y claveles.

Tenía meses sin comprar flores para mi apartamento Es una costumbre que adquirí hace años, muchos años antes de tener un lugar al que llamar “mi apartamento”.

Es un punto focal de pausa que construí sin darme cuenta.

Hace años, sentada en un cubículo, observaba el jarrón con las flores que había puesto allí y era mi pausa, mi momento de anclaje conmigo, la respiración para darme cuenta del instante, de la vida que sostengo en mis límites.

*** Luego de la explicación el padre, el niño se soltó de la mano y salió corriendo.

Tenía apuros por ir al baño, supongo, pero también sé que era porque quería perderse lo menos posible la historia que veía en esa gran pantalla.

A los pocos minutos lo vi entrar corriendo nuevamente, con su padre detrás, caminando más lento, pero sonriendo.

No sé que podría pensar en ese momento, o la cuál era la razón de su sonrisa.

Pienso que probablemente caían en cuenta en lo que yo caí en cuenta y que también me hacía sonreír: el hijo, acostumbrado a la tecnología del “puedes ver esto más tarde, dale pausa”, se daba cuenta que hay cosas, como esa película en el cine en compañía de su padre, que son momentos que siguen su curso sin detenerse y debemos nosotros asumir la pausa para que no se nos pierdan.

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