A veces, al intentar abordar la lectura de un libro (y el motivo que nos lleva a un libro, puede ser cualquiera, y a veces de lo más casual, sutil y anecdótico), ocurre que no terminas de conectar con la lectura.
No me refiero a que no guste o a que resulte malo, sino a que a pesar del intento, no consigues adentrarte, pasas páginas y te atascas, no te concentras ni consigues abstraerte.
Tal vez lees una, dos, quizá veinte o cincuenta páginas, pero por alguna razón, no hay manera de sintonizar con el texto.
En esos casos y haciendo uso de los derechos del lector que nos exponía Daniel Pennac, cierras el libro, dejándolo en alguno de los estantes de la biblioteca personal, diciéndote aquello de que quizá en otro momento, y ocupando tu tiempo, de inmediato, con otra lectura (a fin de cuentas, son tantos los libros por leer, y tan limitadas las posibilidades).
Así pues, el libro se queda en ese estante, donde coge polvo, donde se lo quitas, donde vuelve a cogerlo y vuelves a quitárselo, y así pasan los años hasta que un día, sin un motivo aparente, oyes una conversación, ves un cartel, lees algo o en general, recibes un estímulo que de pronto te lleva nuevamente a pensar en esa obra.
En ese momento sientes interés, rescatas el libro de la estantería (probablemente vuelvas a quitarle el polvo), lo abres, lo ojeas, y de pronto, esos extractos primero, y esas primeras páginas después, te absorben, te interesan de una forma atípica, porque no solo conectas, sino que además te sientes identificado.
Lo que lees se convierte en un estímulo mental de una intensidad desbordante.
Y obviamente, lees la obra y subrayas montones de frases y extractos, y escribes alguna reflexión en las páginas en blanco entre la cubierta y el inicio de la obra (que para eso están) y se arruga, y usas marcapáginas y también doblas las esquinas…
y terminas la lectura, preguntándote, ¿qué pasó entonces?, ¿qué ocurrió durante aquel primer intento para no terminar de leer una obra tan interesante y estimulante? Lo mismo puede ocurrir justo al contrario (aunque en este contexto, quizá dé más miedo por lo que representa): una obra que en el pasado fue de vital importancia, hoy puede que no sea más que una lectura intrascendente.
Nosotros, supongo, nuestro viaje, nuestra experiencia, lo que fuimos, lo que somos y seremos.
Nosotros, con nuestros cambios y nuestros vaivenes.
Porque después de todo, somos nosotros quienes cambiamos, no la obra.
Porque la obra no cambia, siempre fue la misma, y mientras esto dure, siempre lo será.
Y mientras tanto, nosotros continuamos con el viaje, a la espera de ese momento apropiado Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES phoenix los ángeles california filipinas.












