A diario hablamos con nosotros mismos.
Lo sabemos.
Quizás, en lo que no nos hemos detenido es en evaluar ese diálogo: ¿de qué está hecho?, ¿qué nos decimos?, ¿cómo nos lo decimos?, ¿qué nos exigimos y cómo lo hacemos? Es una actividad tan automática que no advertimos la calidad y, en ocasiones, la veracidad de eso que nos contamos.
Es lo que llamamos diálogo interno: esa conversación que sostenemos con nosotros mismos, muchas veces cruel, otras veces injusta y pocas veces amable, paciente o conciliadora.
Algunos ejemplos de diálogo interno dañino son: “Yo no sirvo para nada”, “Todo lo hago mal”, “Nadie me quiere”, “Nunca voy a cambiar”, “Tengo mala suerte” o “Todos me rechazan”.
Y podríamos agregar muchos más.
¿Qué te dices cuando cometes errores? ¿Cómo te hablas cuando fracasas? ¿Te hablarías igual si se tratara de tu mejor amigo? No puedes hablarte toda la vida con violencia y esperar sentir paz.
Lógico, ¿no? Hoy es un buen día para preguntarme: ¿esa voz interior me construye o me destruye? La respuesta puede indicarnos qué necesitamos empezar a hacer a partir de hoy.
Te doy al menos dos pautas: Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES.











