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Cuando el calor nos altera y nos quema por dentro

Hay días en que el calor no se queda afuera.

Entra por las ventanas, se pega a la piel, se instala en la cabeza y termina tocando lugares más hondos: la paciencia, el ánimo y la manera en que respondemos a quienes tenemos cerca.

No es raro que, bajo nuestro implacable sol caribeño, una conversación sencilla se vuelva discusión, una espera parezca insoportable o una tristeza se convierta en insostenible.

El cuerpo lo sabe antes que nosotros.

Dormimos peor, tendemos a beber menos agua de la que necesitamos, caminamos más lento, trabajamos cansados, nos encerramos para escapar del ahogo y el vaporizo.

Aun así, sentimos que el aire no alcanza.

Entonces aparece esa irritabilidad que a veces confundimos con mal carácter, cuando en realidad puede ser agotamiento.

El calor extremo no solo fatiga: detona muchas situaciones internas.

La ciencia nos edifica: Un estudio publicado en JAMA Psychiatry, basado en más de 3,4 millones de visitas a salas de emergencia en Estados Unidos entre 2010 y 2019, encontró que los días de calor extremo se relacionan con un aumento de consultas por ansiedad, trastornos del estado de ánimo, consumo de sustancias y otros problemas de salud mental.

Dicho de otra forma: cuando la temperatura sube demasiado, también puede subir nuestro riesgo emocional.

Lo vemos en la calle, en el tránsito, ni qué decir de los motorizados, en las filas y en las redes sociales.

La palabra sale más dura, nos tornamos más intolerantes.

Investigaciones publicadas en The Lancet Planetary Health han observado que, fuera de una zona térmica confortable, aumentan las expresiones agresivas en entornos digitales.

El calor reduce nuestra capacidad de pausa, de escucha y de autocontrol afectando también nuestras relaciones.

Pero no todos enfrentamos el verano desde el mismo lugar.

los adultos mayores son especialmente frágiles, las familias en casas poco ventiladas, los trabajadores que pasan horas bajo el sol y quienes ya cargan con ansiedad, depresión o alguna enfermedad o trastorno.

También quienes no pueden pagar por refugiarse en aire acondicionado, o mudarse a un lugar con árboles, o simplemente tomar un descanso cuando el cuerpo lo pide.

Por eso, al acercarse el solsticio de verano, este año, el día 21 de julio, cuando el sol parece quedarse más tiempo sobre nosotros, conviene recordar que cuidarse no es un lujo ni una exageración.

Necesitamos proteger la calma, bajar el ritmo, evitar diligencias en las horas más intensas, buscar sombra y revisar cómo están nuestros seres queridos.

La hidratación es fundamental, tomar agua antes de tener sed, mojarse la cara, apagar por un momento el ruido mental, respirar despacio antes de reaccionar con ira.

Preguntarnos: “¿esto que siento pertenece a esta situación o al cansancio que traigo encima?”.

Esa reflexión puede evitar una herida y devolvernos un poco control a nosotros mismos.

En estos tres meses de verano, vale el esfuerzo practicar una forma sencilla de ternura y empatía.

Todos llevamos alguna batalla invisible, y el calor puede volverla más pesada.

Practicar no tomarse las cosas demasiado personales frente a la hostilidad del ambiente parafraseamos a Mario Benedetti: “cuando los odios andan sueltos uno ama en defensa propia” Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES Edición impresa conflicto violencia interna PRONÓSTICOS DEPORTIVOS.

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