Cada vez que una guerra destruye una ciudad, una catástrofe natural sepulta familias enteras, una enfermedad arrebata a un ser querido o un niño es víctima de quienes debían protegerlo, surge la misma pregunta: ¿dónde estaba Dios? Es una pregunta legítima, nacida del dolor y de la impotencia.
Y merece algo mejor que respuestas fáciles.
En mis años de búsqueda espiritual, en la década de los ochenta, estudié metafísica cristiana, pertenecí al movimiento carismático de la mano del monseñor Luis Gómez y Gómez, y más adelante me adentré en corrientes filosóficas como algunas fraternidades, Escuelas y Órdenes espirituales, de ellas aprendí algo que sigo asegurando: el universo no es caótico, está sostenido por un orden.
Como se le atribuye a Galileo, «las matemáticas son el lenguaje con el que Dios escribió el universo.» Ese orden explica las estaciones, las órbitas, las mareas: la estructura misma de la creación.
Pero ese orden no es lo mismo que una explicación del mal.
Confundir ambas cosas es, creo, el error que solemos cometer cuando buscamos consuelo en la filosofía.
Que exista una ley que rige el movimiento de los planetas no significa que exista una ley que explique por qué de cualquier mal que nos aqueje.
Ahí, en el sufrimiento causado por otro ser humano o por una naturaleza indiferente, no hay lección oculta que descifrar.
Hay libertad —la nuestra, a veces ejercida para el daño— o hay azar, del que ni la fe más profunda nos libra, aunque las oraciones nos confortan.
El propio Job le preguntó a Dios por su sufrimiento, y la respuesta que recibió no fue una explicación, sino una pregunta: «¿Conoces las leyes de los cielos?» (Job 38:33).
No se le dijo por qué sufría.
Se le mostró, en cambio, la inmensidad de un orden que lo excede.
Y en Jeremías se lee: «Si no permaneciere mi pacto con el día y la noche, y las leyes del cielo y de la tierra…» (33:25); un pacto que sostiene la creación, no que explica cada tragedia dentro de ella.
Cierta similitud lo expresa el fundador de la Orden del Aquarius: “El cielo es un Gran Libro, abierto por el amor de Dios a la Inteligencia del Hombre”.
Por eso, ante el abuso, la guerra o la pérdida, no corresponde ofrecer respuestas simplistas ni atribuir culpas.
Sería una falta grave de sensibilidad.
La compasión siempre antecede a cualquier reflexión filosófica o espiritual.
Y sin embargo, hay una pregunta que sí podemos responder: ¿dónde estábamos nosotros ? ¿Dónde estaban las instituciones que debían proteger? ¿Dónde estuvo nuestra indiferencia frente a las señales de violencia o abandono que veíamos y no atendimos? Muchas tragedias humanas son prevenibles: la violencia infanti l, el abuso y la negligencia suelen tener señales previas, y una comunidad atenta puede reducir ese daño con prevención, educación y presencia oportuna.
No tengo respuestas para todos los misterios del sufrimiento.
Creo que nadie las tiene.
Pero sí creo que cada acto de amor, de protección a un niño, de consuelo a quien sufre, es una forma concreta de responder a la pregunta que tantas veces dirigimos al cielo.
Dios sostiene el orden del universo.
Nosotros escribimos, con nuestras decisiones, lo que ocurre dentro de él.
Y ser humanidad es, sobre todo, estar presentes allí donde más se nos necesita.
Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES francia ELN iniciativa Edición impresa estados unidos.










