Si –como dijera Galeano– las utopías sirven para caminar, las distopías servirían, no para imaginar un posible mundo que vendrá, sino para advertirnos sobre cómo será.
Ya sea desde el ámbito estatal, como en el comunismo, en cuyo nombre murieron millones, o el “Reich de los Mil Años”, que nos hizo tocar lo más bajo de nuestra humanidad; o desde el pequeño ámbito de lo privado, donde hombres insignificantes controlaron pequeñas sociedades, como el reverendo Jim Jones, los apocalípticos del Templo Solar, los desquiciados de David Koresh o Shoko Asahara –entre otros–, la búsqueda del paraíso en la Tierra constituye una obsesión permanente.
Precisamente porque la capacidad de abstracción es una de las cualidades distintivas del sapiens, los humanos, aun en el mejor de los presentes, imaginan un futuro diferente; uno que opera como válvula de escape a sus angustias existenciales y como proyección a sus anhelos.
En teoría, las distopías deberían ser eso: relatos con ribetes futuristas que sirven como mecanismos de ventilación de miedos.
En los hechos, parecería que quienes las escriben son viajeros del tiempo que vinieron a advertirnos sobre lo que vendrá, y, sin saberlo, plantan la semilla del futuro.
Si tomamos “Un Mundo Feliz” (Huxley) y pensamos en el soma, esa droga que anestesiaba a toda la sociedad; o en “1984” (Orwell) y la capacidad obsesiva del Gran Hermano en verlo y controlarlo todo, y los mecanismos de posverdad que utilizaba; o en “Fahrenheit 451” y el control del pensamiento, la muerte de la cultura y la unicidad homogénea; construiremos un relato unificado, coherente y sorprendentemente parecido a la realidad que hoy vivimos, donde los algoritmos determinan los patrones de consumo e inciden en el marco mental que nos sirve de referencia, al permitir el acceso sólo a lo que nuestros sesgos quieren y desechar lo que nuestros odios y pasiones rechazan, en un bucle asfixiante que nubla la razón y anula la posibilidad de emergencia de nuevas ideas.
De igual manera, el cine ha hecho aportes importantes, posibilitando la visualización de ese futuro distópico.
Sagas como “Terminator”, “Matrix”, “Blade Runner”, o películas como “Robot”, “2001: una Odisea del Espacio”, exploran las posibilidades de conflicto con la Inteligencia Artificial, visualizando un desenlace apocalíptico inevitable, donde, tras la singularidad tecnológica y la toma de conciencia de las máquinas, estas deciden exterminarnos.
Aunque se supone que eso es ficción, recientemente, en la Guerra de Ucrania, una posición rusa fue asaltada y capturada íntegramente por robots y drones, sin humanos involucrados (abril).
Mientras tanto, el mundo aguarda expectante la salida a bolsa de Anthropic, OpenAI y SapceX, no con miedo, por lo que eso significará en términos de avance hacia la singularidad, sino con ganas de invertir en ellas para ganar dinero.
En realidad, todo lo que pasará ya está escrito.
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