República Dominicana ante la urgencia de un plan nacional de inspección sísmica
El presidente Luis Abinader tiene la oportunidad de pasar a la historia implementando un plan nacional de inspección de edificaciones antes del próximo terremoto. La experiencia internacional y los recientes sismos en Venezuela y Colombia subrayan la necesidad de acciones concretas.
El marqués de Pombal se casó con la gloria después de la catástrofe de 1755 en Lisboa, cuando un terremoto, un incendio y un maremoto destruyeron la ciudad. Reconstruyó sobre la primera arquitectura antisísmica de Europa, la gayola pombalina. Al presidente Abinader, la historia le ofrece un contrato mejor: casarse con la gloria antes de la tragedia. Esa gloria ingrata de prevenir no tiene fotografía, pero su monumento son los edificios que no caen y los muertos que nunca existieron.
El momento no es caprichoso. En junio, dos terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5 enlutaron a Venezuela; el 10 de agosto, uno de 7.4 golpeó a Colombia. Aunque ocurrieron en fallas ajenas a las nuestras y ningún experto serio sostiene que anuncien un terremoto dominicano, los sismos no se predicen. Pero esta isla descansa sobre unas catorce fallas geológicas. Santiago fue destruida por un terremoto en 1562. En 1946, el sismo de Matanzas, magnitud 8.1, sacudió el nordeste con maremoto incluido: ochenta años exactos de silencio llevamos desde entonces. Y en 2010, la falla de Enriquillo —la misma que cruza nuestro sur— mató a más de doscientas mil personas en Haití, a cuatro horas de carretera de esta capital. Los terremotos de Venezuela y Colombia no son avisos geológicos para nosotros, son avisos morales.
¿Y qué hemos hecho con ochenta años de tregua? Intentonas. La Oficina Nacional de Evaluación Sísmica y Vulnerabilidad (ONESVIE) fue creada en 2001: un cuarto de siglo después, acumula poco más de tres mil edificaciones evaluadas, en un país que tiene millones. A ese ritmo, la tarea completa tomaría siglos que la geología no nos ha prometido. Los muestreos disponibles estremecen: en San Cristóbal, 290 de 320 centros escolares evaluados requirieron estudios detallados por vulnerabilidad media o alta. El propio director de la ONESVIE acaba de advertir que una de cada diez edificaciones de Santo Domingo requiere evaluación sísmica. Mientras tanto, la capital se hizo vertical: cuarenta años de torres, buena parte levantadas antes de que existiera el reglamento sísmico moderno, que apenas data de 2011, y muchas plantadas sobre suelos arcillosos cuya microzonificación está estudiada, publicada y engafetada.
Ha habido esfuerzos —oficinas regionales, acuerdos con el sector privado, levantamientos sector por sector—, y sería injusto negarlos. Pero una cosa es moverse y otra es avanzar. Esta omisión no pertenece a un gobierno: pertenece a todos los que se han sucedido desde 1946. Precisamente por eso, presidente, el primero que la rompa se queda con la historia. No hay que inventar nada; hay que copiar bien. Japón, tras el terremoto de Kobe de 1995, dictó una ley de promoción del reforzamiento sísmico que obliga al diagnóstico de las grandes edificaciones construidas. Es hora de que República Dominicana tome medidas similares y proteja a su población antes de que sea demasiado tarde.










