El hallazgo de Antonio de Villasante en Higüey revela el poder medicinal de la flora isleña
Un testamento del siglo XVI documenta el descubrimiento en la región de Higüey, en la ribera del río Cumayaza, de un árbol llamado Guacuñazo, cuyo ungüento curaba alrededor de 20 enfermedades y también servía como licor, según la investigación de Carlos Esteban Deive.
El investigador Carlos Esteban Deive, en su obra ‘Antología de la Flora y la Fauna de Santo Domingo en Cronistas y Viajeros (Siglos XV-XX)’, destaca el testamento de Antonio de Villasante, un español que da fe del descubrimiento en la región de Higüey, específicamente en la ribera del río Cumayaza, de un árbol que permite la elaboración de un ungüento que ‘curaba’ alrededor de 20 enfermedades, y también servía como licor. La planta medicinal era llamada por las personas indígenas como ‘Guacuñazo’, el cual tenía entre sus propiedades un penetrante olor a canela.
Citado por Deive en la página 39, Villasante describe en español antiguo las propiedades del árbol: ‘Lo que hasta ágora yo he podido alcanzar de las cosas para que este licor o bálsamo e árbol ha sido e es provechoso es lo que sigue: para heridas, especialmente para aquellas que de principio con ello se curaran porque en muí breve tiempo las cierra sin materia ni acidente. Para llagas de diversas maneras puesto i atado este licor en la manera e cantidad que los Médicos e Cirujanos lo saben bien repartir e adaptar’.
El Guacuñazo también sanaba el dolor de estómago, las dolencias del hígado, el bazo y hasta la epilepsia. Igualmente, el ‘mágico’ brebaje era un ‘cuchillo’ para los dolores en el cuerpo, las dolencias en las muelas, llagas, hinchazones, etc. Villasante al parecer no tenía otro oficio en la isla que no fuera el de vivir fisgoneando a las personas indígenas, de las cuales aprendía de sus conocimientos; en su ‘informe’ a la Corona dijo que asimismo descubrió que las personas aborígenes daban cuenta de una mata llamada Calagua, precisando que era parecida a la nuez moscada, y era usada como alimento.
Este hallazgo histórico resalta la importancia de la flora como aliada de la ciencia y la salud. En las actuales culturas indigenistas —mayas, lencas, gunas, Ngäbe-Buglé, Bribis y Cabécares, Miskitos, Quechuas, aimaras, guaraníes, mapuches, wayuus, yanomanis, etc.—, la botánica es parte inexorable de sus vidas cotidianas, buscando sistemáticamente en el mundo vegetal las respuestas a grandes interrogantes de la vida. El autor también recuerda cuando Don Homero León Díaz, presidente de la Comisión de Espectáculos y Radiofonía en los años setenta, prohibió un artículo que promocionaba ‘curar’ más de 15 enfermedades.











