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El silencio que nos desgarra

La cultura de un pueblo no se mide únicamente por sus expresiones artísticas o su patrimonio folklórico, se refleja, ante todo, en la forma en que nos relacionamos y nos cuidamos como colectividad.

Por eso, lo que hoy ocurre intramuros en los hogares dominicanos no es un asunto privado, es una profunda crisis cultural y social que nos toca a todos por igual, sin distinguir origen social ni apellidos.

Vivimos bajo la sombra de una preocupante descomposición en las relaciones de pareja, donde los maltratos verbales, físicos, emocionales y morales parecen haberse convertido en un telón de fondo cotidiano.

Lo más alarmante es que, como sociedad, parecemos haber perdido la capacidad de asombro ante el dolor ajeno.

Nos encontramos ante un círculo vicioso y desgarrador.

Las víctimas se encuentran atrapadas en una encrucijada perversa, porque si optan por quedarse calladas, consumen su existencia en un sufrimiento silencioso; si deciden alzar la voz, buscar ayuda y poner una querella, las respuestas institucionales suelen ser tan lentas o deficientes que los desenlaces terminan siendo fatales.

Al final, a la comunidad solo le quedan las estériles lamentaciones y el luto compartido.

Cabe preguntarse, con urgente seriedad, qué están haciendo o resolviendo las autoridades competentes para frenar esta desprotección sistemática.

Este drama no respeta estratos; se manifiesta con la misma crudeza en todas las clases sociales, alimentado por el adulterio, los celos enfermizos, la promiscuidad y una destructiva sed de venganza.

Sin embargo, la mayor preocupación recae sobre nuestros jóvenes.

Una gran parte de las afectadas son mujeres jóvenes que, por falta de orientación, terminan repitiendo los patrones disfuncionales que vieron en sus propios padres.

Salen embarazadas a destiempo, ingresando a ciegas a un futuro cuyas consecuencias nadie les advirtió.

Traen hijos al mundo en ambientes dominados por el eco de los abusos y la presencia de vicios, perpetuando una herencia de hostilidad.

Es momento de reflexionar y asumir que la violencia intrafamiliar es un lastre que frena nuestro desarrollo humano.

No podemos seguir mirando hacia otro lado.

Los dominicanos debemos reaccionar, exigir políticas de prevención reales y, desde cada hogar, poner un alto definitivo.

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