Es desolador el cuadro de los homicidios en el país: el 73.8 % de las muertes violentas ocurre en riñas entre ciudadanos.
Es la prueba más devastadora de que se nos está desplomando el clima de convivencia social, y seguimos sin apagar el incendio que lo consume.
Lo más alarmante es que la mayoría de esas muertes no responde a grandes crímenes, sino a motivos insignificantes, triviales.
Una palabra mal dicha, un tapón, el ruido de un colmadón a medianoche.
Muertes que se hubieran evitado si el victimario hubiese respirado, contado hasta diez, y no descargado su furia mortal en el otro.
Estas cifras, avaladas por la procuradora general Yeni Berenice Reynoso y la ministra de Interior, Faride Raful, no son solo estadísticas.
Son un espejo que nos devuelve el rostro de un país que ha perdido la paciencia consigo mismo.
Por eso insistimos en que urge desarmar las bocas antes que las manos.
Se necesita una ofensiva nacional, masiva y sostenida, para imponer una cultura de convivencia.
No podemos seguir normalizando la violencia como forma de resolver diferencias.
El Listín Diario, a través de sus “Diálogos por la Convivencia Barrial”, apunta justo ahí.
A abrir espacios donde los conflictos entre vecinos, entre familias o entre ciudadanos y la autoridad, se diriman con tolerancia y palabra, no con machetes ni balas.
Una sociedad civilizada no se mide por la ausencia de conflictos, sino por la capacidad de resolverlos sin sangre.
Ya lo hemos tocado antes.
Y lo seguiremos tocando hasta que deje de doler.
El país necesita más concordia y menos titulares de luto.
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