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Tecnologia

Instrucciones para sobrevivir un lunes

¿Cuándo empezó la decadencia del mundo, de Occidente, de América? Parafraseando a Vargas Llosa, ¿cuándo se jodió la República Dominicana?, ¿en qué momento la sociedad cambió y no nos dimos cuenta? Es un hecho que las generaciones mayores miran con resquemor el presente, sobre la base de que todo tiempo pasado fue mejor.

Por eso pensamos –desde nuestro impresionante desarrollo tecnológico– que estamos peor que antes.

Y no importa lo que digan todos los indicadores de los últimos 100 años sobre esperanza de vida, medidas físicas del propio cuerpo, acceso a calorías, incremento sostenido de Coeficiente intelectual; o el desarrollo institucional que hace que pensemos como “normal” que en los últimos 80 años no hayamos tenido un conflicto planetario; o que los Estados sean más respetuosos de unos Derechos Humanos (DDHH) que no están escritos en ningún lado y que, sin embargo, desde 1948 asumimos como válidos.

Sin embargo, todo eso está cambiando, los indicadores objetivos y la percepción de la realidad subjetiva así lo indica.

Los viejos códigos morales y sociales que constituían la armazón de este constructo están desapareciendo, por eso no extraña que el siguiente paso sea cuestionar la legitimidad de los instrumentos jurídicos que lo sostienen: los DDHH, el ordenamiento penal, comercial y arancelario mundial, el derecho de la guerra, ¡hasta el derecho al voto de las mujeres!, etc.

En los últimos 25 años, a la par que el desarrollo tecnológico se hace omnipresente, sus efectos disruptivos se hacen más evidentes.

Pensamos que la internet sería la herramienta más poderosa de la historia hasta que llegó la Inteligencia Artificial a replantearlo todo… hasta nuestra propia supervivencia.

Hoy las redes sociales destruyen (¿o reconfiguran?) siglos de tejido social articulado; los paradigmas ruedan y un nuevo mundo nace sobre las ruinas de uno viejo que aún está en pie.

Podemos leer el periódico temprano un lunes, o revisar las redes, da igual, el resultado será el mismo: una sobresaturación informativa que embota los sentidos, que anula la capacidad de asombro.

Una que normaliza la violencia verbal y física, el desmadre del tránsito, grabar a jóvenes insultado a mayores, madres matando a hijas, diputados aprobando el Código Penal a todo galope, la policía torturando y matando gente en los cuarteles, el 61% de los privados en libertad no tienen sentencia, los políticos reventando a los empresarios con su ley de residuos sólidos en modo sanguijuela, y así… un infinito más de ejemplos que no cabrían ni en estas 486 palabras ni en 100,000 más.

Pero nadie dijo que sería diferente, ni que sería fácil.

Toca hacer lo que hicieron los que estaban antes: poner el pecho a la adversidad y creer que un mejor país es posible si todos remamos a una; o por lo menos, si la mayoría lo hace; o por lo menos, si lo hacen los que más fuerza y ánimo tengan.

Es así, siempre ha sido así… no hay de otra.

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