Cuando un visitante extranjero llega al país y observa nuestro tránsito, su primera reacción no es asombro ante el caos, sino una pregunta que encierra una acusación implícita: ¿cómo pueden resistir vivir así? La escena que contemplan de vehículos cambiando de carril sin aviso, motoristas atravesando semáforos en rojo y conductores estacionándose donde el letrero indica lo contrario revela más que un simple problema de tráfico.
Es el espejo de una sociedad donde las reglas existen en el papel, pero no en la práctica.
Lo más grave no es la infracción, sino la normalización del desorden.
El semáforo en rojo ya no significa detenerse, sino “aprovechar si no viene nadie”.
El rótulo de no estacione se traduce como “parquea aquí que no pasa nada”.
Agregando que las carreteras, con sus vehículos pesados semejantes a ojivas macabras, son sinónimo de ruleta rusa de la muerte.
Y el espacio público, que debería ser de todos, se convierte en basurero, baño o extensión del ámbito privado de los apodados dueños del entorno vial.
En este escenario, la convivencia deja de sostenerse en normas comunes y se convierte en una lucha por sobrevivir en medio de la indisciplina en la vía pública.
El tránsito, entonces, no es un hecho aislado: es un símbolo de la vida nacional.
Cuando la infracción no recibe sanción, el ciudadano comprende que la ley es opcional.
Y si la ley es opcional en las calles, también lo es en la política, en la seguridad y en la vida institucional.
La autoridad se convierte en un adorno, incapaz de corregir lo que está mal, y la ciudadanía se acomoda en la trampa cultural del “todo se resuelve en esta selva de asfalto”.
La consecuencia más peligrosa es la formación de hábitos.
Una generación entera de jóvenes crece creyendo que la infracción es parte natural de la vida, que ser cívico es de ingenuos y que el más tramposo es el que gana.
En lugar de cultivar un sentido de respeto y de pertenencia, el país termina incubando un cinismo colectivo donde el desorden se convierte en cultura.
Y cuando violar la ley se hace cultura, la nación pierde cohesión, porque ya no existe un marco común de respeto ni de confianza.
Este es el verdadero peligro nacional.
Un país no se derrumba solo por carencias materiales, sino por la erosión de su principio de autoridad y de su capacidad de hacer cumplir las reglas básicas de convivencia.
El desorden en las calles es el preludio de la anarquía en las instituciones.
La solución, sin embargo, no pasa únicamente por castigos o multas, sino por una transformación cultural que inculque al ciudadano— utilizando una estrategia de comunicación efectiva desde el Estado— la certeza de que la ley protege a todos por igual.
Y eso comienza en el hogar y en la escuela.
Padres ausentes— muchas veces sin formación personal—, sin maestros auténticos, constituyen otro gran reto país.
La autoridad debe ejercer su papel sin titubeos, y la educación debe enseñar que la norma no es un obstáculo, sino la garantía de una vida más segura y digna.
No se trata de imponer miedo, sino de instaurar confianza.
El tránsito revela, en última instancia, hacia dónde marcha la nación.
Si prevalece el desorden, seguiremos navegando sin rumbo, cada quien a su suerte.
Pero si logramos establecer la disciplina y el respeto por la norma, la República Dominicana podrá trazar un nuevo rumbo, no hacia el caos disfrazado de costumbre, sino hacia una convivencia que haga posible el progreso verdadero en paz.
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