En Vanguard, prevemos un crecimiento del PIB estadounidense del 3 % en 2027, una estimación notablemente superior a la de otros pronósticos profesionales, lo que implica un respaldo continuo para los activos de riesgo.
Ese crecimiento no representará una mejora incremental, sino un cambio fundamental en la trayectoria de crecimiento de la economía.
Tras un estudio exhaustivo de las capacidades actuales de la inteligencia artificial y de cómo esta tecnología se compara con otras innovaciones transformadoras del pasado, prevemos un cambio radical en la economía.
De hecho, la IA ya está impulsando la actividad económica, aunque quizá pasen uno o dos años más antes de que podamos saber con certeza si será una fuerza transformadora comparable a la computadora personal.
Para que nuestro pronóstico se haga realidad, la IA deberá superar su fase actual de automatización, en la que simplemente sustituye tareas humanas; pasar por una fase de aumento de capacidades, en la que hace que los trabajadores desempeñen mejor sus funciones; y, finalmente, posibilitar productos, servicios e industrias que aún no imaginamos.
Hoy la atención está centrada en la automatización, pero será la materialización de estas dos últimas fases la que determinará si la IA llega a convertirse en una tecnología de propósito general.
Antes de que la electricidad fuera económicamente viable, pocas personas imaginaban los tranvías eléctricos, los cines o los electrodomésticos.
Una expectativa similar de que la IA madure hasta convertirse en una tecnología de propósito general nos hace ser optimistas respecto a las perspectivas del mercado laboral.
Las preocupaciones por el desplazamiento de empleos son comprensibles, pero quienes anuncian un futuro distópico de trabajadores en edad productiva marginados tienden a no pensar en los empleos que aún están por crearse.
Tampoco prestan suficiente atención al aumento de los ingresos (y del gasto) que se derivaría de trabajadores capaces de multiplicar por diez su productividad.
Basta con preguntar a los contadores cómo cambió su vida cuando el software transformó su profesión.
Su producción aumentó de forma espectacular.
La disrupción no tiene por qué significar únicamente automatización.
Además, una IA plenamente desarrollada liberaría ganancias de productividad que compensarían —y probablemente superarían— los efectos adversos del envejecimiento de la población, la disminución de la natalidad y la reducción de la inmigración.
Aun así, el camino que va desde la inversión en IA hasta mejoras generalizadas de la productividad se desarrollará a lo largo de años, no de trimestres.
(Podemos mirar a 1997, durante el despliegue de internet, como un paralelo histórico).
La fase actual de inversión tiene todavía al menos uno o dos años por delante, a pesar de la enorme magnitud alcanzada hasta ahora.
Las grandes empresas de infraestructura de IA con abundantes recursos financieros parecen capaces de cumplir sus históricos compromisos de inversión, y las compañías están implementando herramientas de IA con decisión.
Los mercados, sin embargo, se han adelantado a la realidad económica.
Las valoraciones bursátiles, especialmente de las grandes empresas tecnológicas estadounidenses, ya incorporan buena parte del potencial alcista de la IA.
Durante el próximo año o dos, el sólido crecimiento de las ganancias derivado de las inversiones que hacen posible la IA podría justificar estas valoraciones e incluso impulsar aún más los mercados.
Pero se trata de un fenómeno de corto plazo.
En horizontes más largos, las matemáticas de la inversión tienden a cambiar, especialmente durante períodos de rápida transformación tecnológica.
La historia ofrece aquí una lección clara.
Las empresas que construyen tecnologías transformadoras rara vez capturan el mayor valor a largo plazo.
En cambio, esos beneficios terminan acumulándose en los usuarios.
La electricidad generó más riqueza para los fabricantes que pudieron operar líneas de ensamblaje las 24 horas que para las compañías eléctricas.
El automóvil enriqueció más a los desarrolladores inmobiliarios suburbanos y a los minoristas que a los propios fabricantes de automóviles.
Es muy posible que la IA reproduzca este patrón.
La fase actual de desarrollo de infraestructura —dominada por grandes proveedores de infraestructura en la nube, fabricantes de chips y desarrolladores de modelos fundacionales— dará paso a una fase de consumo en la que los usuarios finales de múltiples industrias obtendrán los mayores beneficios.
Actualmente, muchas de esas empresas cotizan con múltiplos propios de acciones de valor, y muchas se encuentran fuera de Estados Unidos, en economías orientadas a los servicios y con poblaciones envejecidas, donde una fuerza laboral más productiva será una bendición.
¿Qué tipos de empresas podrían beneficiarse? Los proveedores de atención médica tendrán amplias oportunidades para automatizar tareas administrativas y mejorar la precisión de los diagnósticos.
Las empresas de servicios financieros estarán en condiciones de ofrecer asesoramiento aún más personalizado a un costo todavía menor.
Las compañías de servicios empresariales podrán complementar la experiencia humana con análisis impulsados por IA.
Estas empresas ya están explorando dónde pueden automatizar tareas, y cosecharán los beneficios si la IA finalmente aumenta las capacidades de los trabajadores y cumple sus promesas.
Por supuesto, no podemos afirmar con certeza que la IA transformará positivamente la economía.
Pero habrá señales: trabajadores jóvenes incorporándose al mercado laboral con habilidades potenciadas por la IA; una aceleración en la creación de empresas emergentes fuera del sector tecnológico; y descubrimientos auténticos más frecuentes (como un avance en medicina) derivados de investigaciones asistidas por IA.
A medida que estos patrones vayan apareciendo, probablemente estaremos presenciando la transformación económica de la IA en sus primeras etapas.
Tendrá un aspecto muy similar al camino que siguieron la electricidad y la computadora personal.
La oportunidad que empieza a surgir radica en reconocer que los mercados podrían estar evaluando correctamente el potencial económico de la IA, pero valorando incorrectamente dónde se acumularán los beneficios a lo largo de todo el ciclo.
Las acciones estadounidenses orientadas al valor, los mercados desarrollados fuera de Estados Unidos y los instrumentos de renta fija de alta calidad ofrecen perfiles atractivos de riesgo y rendimiento: defensivos si la IA fracasa y oportunistas si tiene éxito, durante los próximos cinco a diez años.
La cuestión no es abandonar la exposición al sector tecnológico ni tratar de anticipar el mercado.
Se trata de reconocer que, en un mundo transformado por la IA, habremos pasado de la fase actual, en la que dominan quienes construyen la IA, a otra en la que quienes la utilizan deberían captar cada vez más atención.
Esto ocurre cada vez que una gran tecnología transforma el mundo.
Para los inversionistas de largo plazo, esta futura transición representa tanto un riesgo que gestionar en carteras con un fuerte peso en crecimiento como una oportunidad que aprovechar antes de la siguiente fase de la revolución de la IA.
Joseph H.
Davis es economista jefe global de Vanguard y director global del Grupo de Estrategia de Inversión.
Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES Edición impresa estrecho de Ormuz reino unido tecnología y medio ambiente PRONÓSTICOS DEPORTIVOS.










