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Tan breve como bueno

Tan breve como bueno
Tan breve como bueno

Quiza a vosotros también os pase: ya no soporto la ensalada de bribones o malnacidos que roban y predican con la misma ampulosidad.  Soy incapaz de recordar el oficio de cada cual, la falsedad en que se ha especializado cada uno de ellos para engañar al dócil público y a sus mismísimos colegas. Mentir, todos mienten; robar, todos roban; careta, todos llevan la suya y solo se la cambian para sustituirla por otra más provechosa, que asegure mejores ganancias.

Tan breve como bueno

Una colección de famosos infames cuya fama tampoco durará demasiado.

¿Quién recuerda ya a los golfos apandadores de hace 20 o 30 años, cuyas fechorías fatigaron las portadas de aquellos diarios más ingenuos, menos envilecidos por las gestas y los gestos de sinvergüenzas que aún guardaban cierto sello de exotismo? Sus nombres acabaron tachados por los que vinieron después de ellos, cuyo cinismo y falta de escrúpulos terminó haciendo olvidar las «virtudes» de quienes les precedieron por sus vericuetos perdularios.

Sinceramente, quisiera ser capaz de tejer y destejer la compleja narración de estos empeñosos embaucadores, pero mi memoria no alcanza a tanto ni, desde luego, mi interés llega a ser tan duradero.

Afortunadamente, tengo compañeros infatigables que no se confunden de canalla en cada historieta y me facilitan todos los datos que necesito sin despeinarse lo más mínimo.

Así puedo pasar el mocho por las habitaciones de mi ya más vacilante memoria y fingir superpoderes que estoy muy lejos de tener.

Pero entonces, si no voy a ser capaz de emular la crónica de las fechorías de actualidad… ¿Sobre qué puedo escribir? O, aún más grave, ¿sobre qué lograré leer? ¿Cuál será el tema, mi tema, que me mantenga rehén de unas novedades que dejaron de merecer este rumboso calificativo en los felices tiempos de Alí Babá y sus 40 ministros, digo descuideros? No me siento capaz de releer a los clásicos, pese a que nunca se pierde el tiempo dedicándoselo a ellos y aún no se me ha vaciado tanto el caletre como para dedicarme a la contemplación de la naturaleza, refrigerio para adormilados.

De modo que, no sin cautela, me voy entregando de nuevo a lo que fue una de las aficiones de mi adolescencia caprichosa: los aforismos.

La lectura de aforismos es un arte tan indudable como escribirlos: aquellos a quienes no despiertan ninguna reflexión es porque llegan siempre tarde a ellos, cuando aún no vienen o cuando ya han pasado.

Los mejores aforismos empiezan después de acabar: son puro regusto.

Desde hace muchos años, mi aforista de cabecera es Ramón Eder, un navarro que tiene pocos años menos que yo (nacimos conjuntados al milímetro, por poco no nos encontramos).

Uno de los muchos méritos de Ramón Eder es que nunca practica su arte a costa de los políticos.

Podemos leerle como quien descubre un oasis en pleno desierto y ya se niega a ningún otro descubrimiento mejor. A veces sus breverías están tan cargadas de razón que, a poco superficial que uno sea, se le escapan: «Enamorarse es lo más parecido a resucitar».

En otros casos son guías para la vida cotidiana, pero sin las pretensiones punitivas de los moralistas franceses: «El que no consigue perdonar a su familia no tiene perdón».

Algunas parecen imaginadas para entretener al lector con amables frivolidades y se disfraza de crítico literario: «Chesterton es una especie de Nietzsche alegre».

Cuando el aforista íntegro cita a alguien, nunca pide erudición ni académica ni de la otra (si la hay), sino empatía.

Se menciona a Borges o a Oscar Wilde como quien guiña un ojo.

Leer a Ramón Eder es como ir resolviendo pequeños crucigramas de la vida, sin que por ello la vida deje de ser problemática: «El segundo beso todavía es mejor porque ya no es un examen».

O a veces son tan profundos que da igual que sean verdad o no: «una pareja se lleva bien cuando ambos aceptan las virtudes del otro».

Cuando un aforismo es bueno, es decir, inolvidable, no hay que molestarse en repetirlo con voz profunda para hacerse el interesante: por suerte, cuanto mejor es un aforismo, más insignificante parece a los bobos, siempre a la caza del premio Nobel.

Ramón Eder no escribe aforismos.

Por lo visto, solo sabe escribir cosas cortitas, de aquellas que Cioran aprobaba dos ideales, la maldición y el epitafio.

A veces uno quisiera tatuarse alguno de los más cortos de Eder, pero no ya sobre la piel, sino debajo, donde nunca podrán leerse: «El que vive de recuerdos muere de suspiros».

Quien lo probó, lo sabe.

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