Un colegio dominicano demostró hace siete años que bloquear celulares en aulas transforma la educación: mejor atención, más interacción y mejores notas. Hoy, esa experiencia se ha convertido en política nacional y coincide con una tendencia mundial que ya aplican 114 sistemas educativos.
Lo que en 2019 parecía una excentricidad en el Colegio TCFL de Santo Domingo —obligar a los estudiantes a guardar sus teléfonos en estuches magnéticos cada mañana— es hoy una política nacional y parte de una ola global. La decisión del centro, que nació de la fricción cotidiana entre maestros y alumnos distraídos por juegos, videos y chats, ha sido validada por estudios internacionales y adoptada por el Ministerio de Educación dominicano mediante una normativa firmada en mayo pasado.
El colegio, cuyo modelo se define como centrado en el estudiante y basado en la indagación, con énfasis en el desarrollo socioemocional, encontró en los estuches magnéticos una solución intermedia: no confiscar los dispositivos, sino hacerlos inaccesibles. Los resultados fueron inmediatos: los maestros reportaron mejoras en atención y rendimiento, y los patios de recreo recuperaron el ruido de la conversación. ‘El recreo está buenísimo, ahora hablamos entre nosotros’, dijo un estudiante. La resistencia fue mínima, como admitió otro alumno: ‘Odié la idea, pero solo me sentí así como una semana’.
La evidencia respalda la medida. El estudio más citado, de los economistas Louis-Philippe Beland y Richard Murphy, analizó escuelas de Birmingham, Leicester, Londres y Manchester con más de 130,000 estudiantes entre 2001 y 2011: tras restringir los celulares, las calificaciones mejoraron significativamente, sobre todo en alumnos de bajo rendimiento. En República Dominicana, el 65% de los estudiantes se distrae con sus propios dispositivos en clases de matemáticas y el 59% por los de sus compañeros; quienes se distraen en todas o casi todas las clases pierden cerca de tres cuartas partes de un año escolar de aprendizaje.
La UNESCO ha advertido que la simple presencia del celular degrada la atención, incluso sin uso. La escala del problema llevó a que, según datos de la organización, en marzo de 2026 ya sean 114 los sistemas educativos con algún tipo de restricción de celulares en escuelas, el 58% de los países del mundo, frente al 24% en 2023. En América Latina, Bolivia y Costa Rica también han adoptado medidas similares, y República Dominicana se posiciona como un referente en la región.
La experiencia del TCFL, que admite excepciones cuando un profesor lo requiere con fines educativos, demuestra que la tecnología puede ser una herramienta, no una distracción. Para la diáspora dominicana y las familias preocupadas por la educación, este caso ofrece una lección clara: limitar el celular en las aulas no solo mejora el rendimiento académico, sino que revive la socialización y el juego, valores esenciales para el desarrollo integral de los estudiantes.











