Pedro Mir nos recordó en su inmortal poema que hay un país en el mundo.
Ese país existe.
Lo vemos cada día en sus paisajes, en su gente trabajadora, en la alegría que sobrevive incluso a las dificultades.
Pero ¿qué estamos haciendo para estar a su altura? Hace años tenía un segmento en mi programa llamado “Dime algo bueno”.
Lo curioso era que encontrar buenas noticias resultaba mucho más difícil de lo esperado.
Aquella experiencia dejó una enseñanza que todavía me acompaña.
Hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para identificar lo que está mal, mientras que lo bueno ha ido desapareciendo de nuestro campo de visión.
No porque no exista.
Sí, existe.
Hay dominicanos honestos, solidarios y comprometidos.
Lo que ocurre es que hemos dejado de prestarles atención y, peor aún, hemos dejado de convertir esos ejemplos en referencia común.
Tal vez porque es más sencillo señalar que examinarse.
La queja ofrece alivio inmediato; la autocrítica exige responsabilidad.
Nos lamentamos de la basura en las calles, pero muchas veces contribuimos a ella.
Nos quejamos del desorden en el tránsito, aunque con frecuencia somos parte de ese mismo desorden.
La infracción no comienza cuando alguien cruza un semáforo en rojo.
Comienza mucho antes, cuando dejamos de reconocer en el otro a un ciudadano con los mismos derechos y la misma dignidad que reclamamos para nosotros.
La falta de respeto a las normas no es el problema de fondo; es apenas la señal visible de algo más profundo: la pérdida del respeto que nos debemos unos a otros.
Lo mismo sucede con la ética pública.
La corrupción provoca indignación cuando ocupa titulares, pero en la vida cotidiana solemos admirar al que logró ventajas sin detenernos a preguntar cómo las consiguió.
Con demasiada frecuencia premiamos el resultado y olvidamos el camino recorrido para alcanzarlo.
Y cada vez que eso ocurre, mirando hacia otro lado, enviamos un mensaje equivocado a las nuevas generaciones.
Marco Aurelio escribió hace casi dos mil años una reflexión que conserva intacta su vigencia: “No pierdas más tiempo discutiendo cómo debe ser un hombre bueno; sé uno”.
Quizás ahí reside una de las respuestas que buscamos.
Porque preocuparse por el país es fácil; ocuparse de él es otra cosa.
La diferencia se percibe en los actos pequeños y cotidianos: en la palabra cumplida, en la fila respetada, en la norma observada, incluso cuando nadie vigila.
Las sociedades no cambian únicamente por grandes discursos ni por decretos.
Cambian cuando millones de decisiones individuales comienzan a apuntar en la misma dirección.
El país que anhelamos no llegará de la mano de un salvador ni aparecerá como consecuencia de una consigna.
Se construye todos los días, en silencio, a través de la conducta de quienes lo habitan.
Pedro Mir describió un país luminoso, abierto al sol y sembrado de esperanza.
Ese país sigue ahí.
La tarea pendiente no es encontrarlo, sino merecerlo.
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