Publicidad
Publicidad
Salud

El peso de curar

Quien enferma contempla la medicina desde una perspectiva inevitablemente íntima. Siente las esperas, las incertidumbres, las restricciones; escucha palabras que a veces no comprende y entrega temporalmente a otros una parte de su autonomía. Esa experiencia merece respeto.

Escucharla no debilita a la medicina: la hace mejor. Pero toda historia tiene también un reverso.
Mientras el paciente espera, en lugares que no puede ver ocurren otras cosas. Médicos discuten alternativas, enfermeras vigilan, técnicos preparan equipos, especialistas cambian agendas, alguien responde una llamada de madrugada y varias personas coordinan decisiones cuyo propósito último es uno solo: que ese ser humano regrese a su vida.

Ese esfuerzo casi nunca aparece en el relato final. Pienso en algo mucho más sencillo.
Alguien invita a cenar a su casa. Durante horas escoge los ingredientes, cocina, prepara la mesa y procura que cada invitado se sienta bien recibido. La conversación transcurre, la comida se disfruta y, al final de la noche, una copa cae al suelo y se rompe.
Todo eso ocurrió.

Pero sería extraño que, al día siguiente, uno de los invitados relatara aquella cena hablando largamente de la copa rota y olvidara la mesa entera que alguien preparó para recibirlo.

En medicina también puede suceder.

Después de horas —a veces días— de decisiones, vigilancia, procedimientos y coordinación; después de una batalla en la que muchas manos consiguieron preservar una vida, toda la historia puede terminar contándose desde la única copa que se rompió.

La copa se rompió. No hay que negarlo.

Hay que recoger los cristales, preguntarnos por qué cayó y, si estuvo en nuestras manos evitarlo, aprender para que no vuelva a suceder.
Pero los vidrios no deberían impedirnos ver la mesa.

Quizá porque cuando la medicina triunfa ocurre algo paradójico: el extraordinario esfuerzo de salvar una vida termina pareciendo normal.

Abrir una arteria cerrada, sostener una presión que se desploma, tratar una arritmia mortal o resolver una complicación son hoy posibilidades cotidianas. La ciencia ha conseguido que pequeños milagros tecnológicos parezcan obligaciones sin incertidumbre.

Y no lo son.

Dominar una técnica nunca significó dominar el destino.

Por eso debemos ser particularmente cuidadosos con una palabra: error.

Los errores existen. Negarlos sería incompatible con la ética médica. Debemos identificarlos, analizarlos, aprender de ellos y evitar que se repitan. Pero una complicación no es necesariamente un error; un desenlace adverso no demuestra por sí mismo negligencia, y que algo no haya ocurrido como deseábamos tampoco convierte retrospectivamente en incorrecta una decisión razonable.

La medicina trabaja con probabilidades sobre la materia más imprevisible que conocemos: un ser humano.

Dos pacientes con diagnósticos aparentemente iguales pueden responder de manera diferente. Por eso los protocolos son indispensables, pero nunca suficientes. Orientan nuestra conducta; no sustituyen el juicio clínico. La verdadera medicina sigue siendo individual.
Hay, además, otra dimensión de la responsabilidad que debemos atrevernos a incorporar a esta conversación.

El paciente debe estar en el centro de la medicina. Absolutamente.

Pero estar en el centro significa también participar de su propia responsabilidad.

La historia de una enfermedad rara vez comienza el día del ingreso. Muchas veces empezó años antes: en síntomas minimizados, factores de riesgo desatendidos, prevención postergada, tratamientos abandonados o simplemente en décadas durante las cuales el organismo fue acumulando silenciosamente las consecuencias del tiempo, la genética y nuestros hábitos.

No digo esto para culpabilizar al enfermo. Sería tan injusto como culpabilizar automáticamente al médico ante cada complicación.

Lo digo porque la responsabilidad también debe ser humana en ambas direcciones.
No podemos pedirle a la medicina que repare con una suerte de omnipotencia inmediata aquello que el cuerpo tardó veinte o treinta años en construir. Podemos intervenir, tratar, acompañar, corregir cuanto sea posible y, algunas veces, arrancarle literalmente una vida a la muerte.

Pero no podemos prometer invulnerabilidad.

Quizá esa sea una de las grandes confusiones de nuestro tiempo: cuanto más poderosa se vuelve la medicina, más fácilmente olvidamos sus límites.

Cuando una arteria vuelve a abrirse, vemos el resultado. Pocas veces vemos la madrugada del médico que acudió a abrirla. Cuando una complicación se resuelve, recordamos la complicación; no siempre las horas de angustia, decisiones y coordinación necesarias para que no terminara en tragedia.

Y cuando finalmente el paciente vuelve a casa, aquello que para él fue una experiencia dolorosa puede haber sido, para quienes lo atendieron, una batalla silenciosa por mantenerlo vivo.

Ambas experiencias son verdaderas. Una no invalida la otra.
Humanizar la medicina consiste precisamente en ser capaces de mirarlas simultáneamente.

El médico debe escuchar más, explicar mejor, coordinar sus decisiones, reconocer sus errores y recordar que delante de él nunca hay simplemente una coronaria, un riñón o un pulmón.

Hay una persona.

Pero también debemos recordar que detrás de cada bata hay otra.

Una que estudió durante años para llegar hasta allí; que alguna madrugada dejó su familia porque un desconocido estaba muriendo; que conoce victorias que nadie celebró y derrotas que todavía recuerda; que ha tenido que caminar hacia una familia llevando una noticia que hubiera preferido no pronunciar.

Una persona que también duda, se cansa, teme y algunas veces sangra sin que nadie vea la herida.
La relación entre médico y paciente no debería construirse buscando de qué lado colocar la culpa. Debe fundarse en algo mucho más difícil: responsabilidad compartida, confianza y verdad.

La del paciente comienza mucho antes de enfermar.

La nuestra adquiere una dimensión enorme cuando ese paciente deposita su vida en nuestras manos.
Ninguna de las dos cancela la otra.

Tal vez devolver verdaderamente al paciente al centro no consista en desplazar al médico hacia la periferia. Consista en recuperar algo que la tecnología, los protocolos y también nuestras exigencias modernas amenazan con hacernos olvidar:
que en los momentos decisivos de la medicina no hay instituciones abstractas ni estadísticas. Hay dos seres humanos frente a frente.
Uno entrega su miedo.

El otro acepta cargar, durante un tiempo, con una parte de él. Y debajo de ambos lados de la bata sigue latiendo un corazón.


Por Carlos García Lithgow

admin
el autoradmin
EnTendenciaRD es un medio digital de noticias y análisis que informa sobre los temas más relevantes de la República Dominicana y el mundo, con un enfoque moderno, confiable y orientado a las tendencias actuales.

Deja una respuesta